En el libro de Miguel Ángel Ruiz, “La destrucción planificada de la infancia”, como es lógico, este es un tema central. Se podrían decir muchas cosas sobre este asunto complejo, pero hay una preocupación clara del autor porque es consciente de que nos llevamos a engaño con demasiada frecuencia al pensar en lo que hace feliz a un niño.
Parece una obviedad pero es más bien un tema complejo: “en qué consiste la felicidad de los niños”. El título de este libro pone ya en alerta: hay algo que no va bien. Hay quien está destruyendo lo esencial de la infancia.
A partir de los comienzos del siglo XX “va cambiando el concepto de niñez, y los niños no son ahora el producto de la reproducción humana, sino también el símbolo de una nueva forma de vivir, de una nueva clase media que tiene en el niño feliz, cuidado y primorosamente atendido un nuevo referente. El niño como símbolo es un Infante feliz que goza de bienestar y juguetes como nunca antes y que conforma el alma del hogar, que será la piedra angular del estilo de vida americano” (p. 109).
Esto supone que la publicidad se vuelca, de modo llamativo, en la infancia. Las canciones y las imágenes de los anuncios están totalmente pensados para enganchar. “Esta nueva sensibilidad en torno a los niños trajo consigo nuevas invenciones más allá del mero ámbito publicitario; por ejemplo, manuales de crianza infantil, y pedagogía o pediatría, en los que se recomendaban nuevos productos para niños y se justificaba su uso. La investigación de la historia de los mercados y publicidad constata, ya en torno a 1940, que la idea de felicidad estaba íntimamente unida a la infancia y especialmente a los bebés” (p. 110).
Advierte el autor de este libro cómo se produce un cambio sustancial en torno a lo que se entiende por felicidad. Advierte de que la idea de felicidad es relativamente reciente, y las opiniones sobre este concepto son muy variopintas según las culturas en las diversas partes del mundo. En contra de lo que se puede entender por felicidad en una vida cristiana, e incluso los planteamientos de Confucio y otros autores orientales, que hablan del orden social, la armonía y el cumplimiento del deber, en la actualidad de un mundo consumista no se entiende otra cosa que la comodidad, el lujo, el acceder, por parte de los niños, a sus caprichos.
“El concepto de felicidad basado en la compra y el consumo fue el primer concepto de felicidad que no nace de la cultura popular, sino que fue promovido por empresas” (p. 113). Esto es lo penoso de la cultura que vivimos: hay unas personas empeñadas en enriquecerse y propagan todo lo posible la tenencia de comodidades, de lujos, de riquezas.
“Los niños, tradicionalmente, no eran audiencias ni eran objetivos de la publicidad. La razón era sencilla: no tenían poder de compra, excluirlos era lo natural. Sin embargo, en el siglo XX, las tasas de natalidad en Occidente eran muy superiores a las actuales, por tanto, los niños jugaban un importante papel en el consumo familiar”. Y, a partir de esas circunstancias provechosas para las empresas, el destrozo de los niños es habitual y como lo más natural. Es el motivo por el que los padres deben sentirse especialmente atentos, para evitar ese daño entre los hijos.
Ángel Cabrero Ugarte
Miguel Ángel Ruiz, La destrucción planificada de la infancia, Cydonia 2025