Con este impactante título arranca Stefan Zweig (1881-1942), famoso biógrafo, novelista y escritor, un pequeño trabajo sobre el pensador más radical del siglo XIX, el filósofo Friedrich Nietzsche (1844-1900).
Efectivamente, ya desde las primeras páginas de este trabajo, se notará una velocidad espeluznante tanto en la temática como en la exuberancia en la exposición, radicalidad de los juicios urgencia en terminar.
Todo es exagerado y profundamente en la vida y en la filosofía de este autor. Parece aquellos viejos rockeros se inyectaban LSD y heroína para poder tocar en los festivales y conciertos, porque de otro modo no estaban inspirados.
En realidad, se trataba de una enfermedad psiquiátrica perfectamente detectada y tratada con los medios de la época, junto con una erudición y una radicalidad sin fin, sin medida y sin medianías.
Se trataba, según nos narra Zweig, de un hombre que no soportaba ver a sus contemporáneos haber expulsado a Dios de la cultura, del pensamiento y de la diversión, pero, sin terminar de darle muerte y entronizar al hombre en el centro del mundo creado.
Stefan Zweig, arrancará este trabajo exponiendo la terrible y dura soledad en la que vive, piensa, se relaciona y trabaja Friedrich Nietzsche. La impresión que produce este trabajo es que no era escuchado por nadie, ni nadie le tenía en cuenta, mientras que él gritaba todavía con más fuerza hasta llegar al final del siglo y morir con él (11).
Asimismo, Zweig expone como las palabras brotan de su mente vertiginosamente mientras trabaja sin mirar el reloj en su escritorio y su cabeza se acaba vengando de esos excesos por medio de dolores punzantes (21).
El resumen de Zweig es que en realidad nunca llegó a ninguna verdad sólida que pudiera producirle paz o sosiego de haber alcanzado parte de la verdad: “La vida intelectual de Nietzsche no encontró nunca un punto de reposo, un axioma fijo e invariable. Se le podría comparar con un torrente, siempre cambiante, sometido a violentas sacudidas, meandros, caídas” (38).
Friedrich Nietzsche, siempre luchará por la libertad ilimitada “abogó apasionadamente por la relatividad de los valores y nunca quiso retener ni una palabra en su boca, ni una convicción en su espíritu” (58). Ciertamente, no se sometió a nada ni a nadie: no fue un espíritu sedentario. Finalmente, con su descubrimiento del sur fue sucesivamente rompiendo ataduras, en cambios de piel continuos, hasta llegar con el cambio de siglo a la muerte. Había dejado de ser todo lo que era (73) ...
José Carlos Martín de la Hoz
Stefan Zweig, Nietzsche. La danza sobre el abismo, Seriecero, Madrid 2025, 112 pp.