Hay pocos niños que lean libros hoy en día. Hay poquísimos jóvenes, adolescentes, que dediquen cierto tiempo a leer. Es difícil llegar a una casa donde viven jóvenes de diversas edades y los encuentres leyendo un libro. Es posible que estén con un manual del cole porque tienen al día siguiente un examen, o que les hayan hecho un libro de regalo y estén curioseando. Leer, leer, largo rato, solo por gusto, hay pocos niños locos por el libro de siempre.
En muchos profesores, expertos en estas cuestiones, en algunos padres de familia, hay una preocupación. “Es el agujero negro de la fantasía y la imaginación que nos rodea amenazadoramente a los padres de hoy y que no deja de tragar todo aquello que antaño estaba presente en la educación de la infancia y casi ha desaparecido en la actualidad; en especial la lectura de libros”[1]. Las pantallas han irrumpido estrepitosamente en los descansos de los jóvenes, dejándolos incapacitados para disfrutar del libro de papel".
Observamos un empobrecimiento de la población, especialmente de los pequeños, y el problema principal es que con mucha frecuencia los padres se quedan al margen de la situación o piensan que, si el niño está viendo una serie en la televisión, al menos está entretenido y no les molesta. Esto en el caso de que los padres estén en casa. Porque no es menos importante la problemática de la ausencia de los progenitores. Se han olvidado de que son ellos los educadores, quienes deben estar al tanto del crecimiento físico, cultural y moral de los hijos.
La experiencia del bien que les hace la lectura a los hijos es algo olvidado. Como ellos ya apenas leyeron, ¿cómo podemos hacerles ver el milagro de que un chaval se quede largo tiempo enganchado ante una historia que está leyendo? Es mucho más cómodo dejarles delante de las pantallas, curioseando por aquí y por allá, con alto riesgo de encontrarse con inmoralidades dañinas.
“Desgraciadamente, se trata de un hecho contrastado y que no admite discusión. Nuestra cultura se desangra y una de sus grandes heridas es que las nuevas generaciones se han barbarizado, han abandonado la cultura y el saber que desde tiempo inmemorial se encuentran guardados en el interior de los libros. Es una tragedia a la que asistimos mudos e inatentos, sin siquiera temer su desenlace, que, como el de todas las tragedias, no será agradable, porque con esta deserción se abandonan también la belleza, el bien y la verdad”[2].
En las familias en las que hay niños lectores, se nota enseguida en la disposición de los críos: amables, atentos, con una alegría en los ojos que demuestran una vida ordenada y trascendente. Cuando los niños no son lectores, se les nota pronto su incapacidad de socializarse: van a lo suyo.
Sobre estas cuestiones se podría hablar mucho y, sin duda, es necesario un estudio detenido del mal que se le puede hacer a los niños, pero la realidad es que hay poca preocupación.
Ángel Cabrero Ugarte
[1] Miguel Sanmartín Fellonera, De libros, padres e hijos, Rialp 2022, p. 19
[2] Idem p. 20