"Escribir es para mí la máxima compensación. El proceso literario me absorbe horas y horas sin sentir el paso del tiempo. El placer de acertar con lo que se anda buscando, la palabra, el giro, la reacción de un personaje. Nada es tan absorbente" (pág.232).
Estas líneas de la autobiografía de Josefina Aldecoa, conectan con lo que nos ha contado sobre los veranos de su infancia, cuando en la bohardilla de la casa de su abuelo, tendida sobre una manta y entre las manzanas puestas a secar, leía cuentos y libros de aventuras. "En aquel espacio cerrado y silencioso -concluye- descubrí el gozo de la soledad como el mayor de los lujos" (pág.17). ¿Por qué leemos? ¿Para qué escribimos? La autora nos hace una primera indicación: para aislarnos con los personajes y las ideas que viven entre las páginas de los libros.
"El mundo de los libros -continúa la autora-, la pasión por la lectura precozmente despertada, suponen un estímulo, el cauce para dar sentido no solo a la función intelectual sino también a la sensibilidad y a la capacidad de acercamiento hacia el resto de los seres humanos" (pág.32). Cuando leo, cuando escribo, cuando pienso incluso, entro en diálogo con un mundo más grande, el mundo de las ideas, donde sin límites de espacio ni de tiempo residen seres humanos como yo, desde Platón a los contemporáneos.
"Con los libros -sigue la autora- he pretendido llegar a los demás, comunicarme con otros. Que me conozcan mejor y, en consecuencia, que me quieran más. En este deseo seguramente hay un punto de narcisismo" (pág.232). ¿Narcisismo? Sí y no. Habrá a quien le guste lo que se escribe y a quien no. Uno escribe para sí mismo y, cuando le convence lo que ha escrito, cuando lo considera completo, lo echa a volar por el mundo del papel o de las redes.
¿Narcisismo? Lo hay, sin duda. Por eso es muy sano releer lo escrito al cabo de un tiempo, para darse cuenta de que tampoco era gran cosa. Por eso, también, lo apuntalamos con citas de otros autores. "Me he sentido -dice la autora- parte solidaria de la humanidad" (pág.232). El que escribe lo hace con la esperanza de conectar con las necesidades éticas y morales de los lectores. Siempre se escribe para algo. Si se acierta o no ya no está en nuestra mano.
Por último, se escribe por placer y para pasar el tiempo. Afirma Josefina Aldecoa que "el trabajo intelectual me ha proporcionado los placeres más apasionantes, las compensaciones más completas" (pág.31). En efecto, el intelecto y la emotividad son las partes más nobles de nuestra naturaleza y ambas intervienen en el proceso de escribir. El libro, el papel y la pluma, incluso las ideas, son esos amigos que siempre están ahí esperándonos y que nos permiten dejarlos sin protestar cuando nos sentimos cansados.
Juan Ignacio Encabo Balbín
Aldecoa, Josefina, En la distancia, Santillana Ediciones Generales, 2004.