Ante el concepto de esclavitud surge, automáticamente, la idea de liberación. Nadie quiere ser esclavo. Podemos comprometernos y queremos comprometernos con muchas cosas en la vida: el matrimonio, un trabajo adecuado, vivir cara a Dios como cristianos, cumplir con una promesa con un amigo. Todo eso significa libertad: porque quiero, me comprometo. No tiene nada que ver con el concepto de esclavitud. Este es un concepto negativo, que se debe desechar, porque supone dejar de ser libres.
Hay muchas personas que han dejado de ser libres desde hace tiempo porque están esclavizados por el móvil. El teléfono es, desde hace mucho tiempo, un modo de comunicación de gran utilidad. Del teléfono fijo, con todas sus limitaciones, se pasó al teléfono que se puede llevar en el bolsillo, o tenerlo en casa en diversas habitaciones, según la necesidad del momento y contando con que me pueden llamar.
El móvil ya ni siquiera se suele designar como teléfono, porque apenas se usa como tal, al menos comparado con los muchos usos distintos por los que lo tenemos a mano. No solo es móvil, es de bolsillo, muy cercano. Se ha convertido en imprescindible en la vida de una mayoría de personas en el mundo occidental. Puede ser que me llamen, pero es más probable que me escriban. Pero no me escribe ya únicamente mi esposa, mi marido, mi jefe o un amigo. Ahora me llega información que yo no he pedido y que puedo borrar… o no borrar.
Resulta que ahora sentimos una urgencia enfermiza por saber de casi todo: de cómo terminó el partido de mi equipo, de cómo está el tráfico, aunque no piense salir a la calle; de si va a llover o hace mucho calor, aunque no tengamos intención de salir de casa.
Entra publicidad, que no nos interesa para nada, pues no tengo intención de comprarme un coche ni voy a salir al mercado dentro de un rato. Pero me engancha y consigue que se me ocurra que podría comprarme este vestido tan elegante, ese libro tan atractivo, aunque ni lo voy a leer ni lo voy a vestir. Pero me ha pillado y me agarra.
Y entra pornografía. Podemos llamarlo anuncios de ropa provocativos. Pero resulta que, aunque con seguridad no voy a comprar nada de lo anunciado, ahí estoy fisgoneando, mirando inmoralidades. Luego ya se pasa a seguir buscando inmoralidades. Y lo siguiente es un vicio difícil de desarraigar. Y eso, que hace daño a nuestra conciencia, se termina convirtiendo en habitual; de la curiosidad se pasa a la clara ofensa a Dios.
Hay que tener una gran fuerza de voluntad para hacer en cada momento lo que es importante para nuestra vida. Hay que ser capaz de rechazar el mal, que me hace mucho daño. Porque el móvil se convierte en motor del mal moral.
Ángel Cabrero Ugarte