Schopenhauer como educador

 

Friedrich Nietzsche (1844-1900) fue uno de los filósofos más desconcertantes del siglo XIX alemán. En realidad, no llegó a construir ninguna propuesta interesante, sino que dedicó todas sus energías a provocar una reacción de coherencia en el pensamiento contemporáneo.

Ciertamente, en el plano teórico, gran parte de la ilustración centroeuropea había terminado por decretar la “muerte de Dios”, por tanto, su desaparición en la literatura, en el derecho o en la economía.

La realidad había demostró exactamente lo contrario: se seguía actuando como si Dios existiera, como si el hombre fuera imagen y semejanza de Dios y como si el humanismo cristiano de la Escuela de Salamanca siguiera influyendo en la economía, el derecho y la filosofía pues ciertamente en la antropología Dios no había muerto.

A la hora de construir una propuesta coherente para el mundo de su tiempo acerca del “superhombre”, es decir, la figura que sustituiría a Dios, Nietzsche necesitaba un andamiaje filosófico serio y él era un sencillo catedrático de filología griega y no un pensador riguroso.

Ese es el momento histórico en el que cayó en manos de Nietzsche la obra de Arthur Schopenhauer (1788-1860), “El mundo como voluntad y representación”. (1819). Fue un flechazo total y sirvió para dar a conocer al mundo entero quien era Schopenhauer, pues en los cinco años que llevaba publicada aquella obra, apenas nadie había prestado atención a un trabajo de un autodidacta que había despreciado el mundo académico e intelectual de su tiempo.

Nietzsche quedó electrizado, entusiasmado, sumido en una completa idolatría por las enseñanzas del que se convirtió en su maestro. Ciertamente, pasados los años, el amor se convirtió en indiferencia, pero no es de extrañar pues la locura de Nietzsche no se detuvo ante nada ni ante nadie.

Ciertamente, la palabra clave de la filosofía de Schopenhauer que entusiasmó a Nietzsche fue la definición de “voluntad” y, sobre todo, la de voluntad de vivir”. Ciertamente, como es sabido desde la filosofía griega, la voluntad busca el bien, pero para nuestro autor esa búsqueda resultará esencial, incontrovertible, como “el hierro atraído por la fuerza del imán”. Es decir, no se trata de una voluntad racional, sino de un impulso ciego, constante y sin fin por existir y multiplicarse”. Así afirmará: “Tenemos que responsabilizarnos ante nosotros mismos de nuestra existencia; en consecuencia, queremos ser los verdaderos timoneles que dirigen esa existencia y no estamos dispuestos a permitir que nuestra existencia se asemeje a un puro azar carente de pensamiento” (38).

 José Carlos Martín de la Hoz

Friedrich Nietzsche. Schopenhauer como educador. Tercera consideración intempestiva (1874), Acantilado, Barcelona 2026, 118 pp.