El profesor Narciso Santos Yanguas de la Universidad de Oviedo ha realizado un magnífico trabajo de síntesis de las relaciones entre la Iglesia y el Imperio Romano en los primeros siglos del cristianismo naciente.
En realidad, se centrará específicamente entre el año 303 con la persecución de Diocleciano y el edicto de Milán del 313 cuando la Iglesia alcanza carta de libertad en el Imperio
Ciertamente, las periódicas persecuciones mantuvieron encendida y vibrante a la Iglesia frecuentemente esquilmada pero también renovada, de modo que cuando llegó la aprobación de la Iglesia para trabajar en el imperio ser produjo una entrada masiva de nuevos cristianos en la Iglesia.
Lógicamente, nuestro autor repasará todas las fuentes disponibles para explicar la situación política, el problema de los límites del imperio y las tribus que estaban presionando.
Realmente la Iglesia constituyó un serio problema para el imperio hasta el 313, porque al negarse los cristianos a adorar al emperador tanto en el ejército como en la vida ciudadana, se pensaba que actuarían como elemento disgregador de la unidad del imperio y, por tanto, harían ineficaces medidas tan sensacionalistas como conceder la ciudadanía romana a todos los hombres libres que vivían en los límites del imperio romano (26).
Evidentemente, que un emperador como Majencio que era plenamente pagano se moviera a tolerar a los cristianos en el Imperio solo podría ser por táctica política: contar con ellos para contribuir a la unidad al obedecer a las autoridades civiles, como recordaban tantos las cartas de san Pedro, san Pablo, o el propio Jesús varias veces en el Evangelio (63).
En ese sentido, en el ejército dejaron de realizarse limpias de cristianos mediante la obligatoriedad del sacrificio público al emperador. Lógicamente, también contribuyó el escaso interés de los ciudadanos romanos para enrolarse en el ejército y, por tanto, sus huecos los cubrían elementos de las tribus germánicas de los límites del imperio que tenían todo tipo de religiones y tampoco eran ciudadanos romanos y se negaban al culto al emperador (67).
No podemos olvidar que el paganismo era muy amplio y estaba muy extendido en todo el imperio, pues quedaban resabios de superstición, magia, etc., que tardarían muchos siglos en erradicarse.
José Carlos Martín de la Hoz
Narciso Santos Yanguas, Cristianismo e Imperio Romano en el siglo IV. De la persecución universal al reconocimiento de la Iglesia, Publicaciones de la Universidad de Valencia, Valencia 2025, 506 pp.