En el centenario de Foucault

 

La figura y el pensamiento de Michel Foucault en su centenario (1926-1984-2026) se ha ido agigantando con el paso del tiempo y ha sido necesaria la magnífica obra de Didier Eribon que ahora presentamos para ponerle los puntos y las íes a una biografía y a una genealogía de su pensamiento para hacerlo inteligible en nuestros días.

Ciertamente, los orígenes marxistas y maoístas del pensamiento de Foucault (80) fueron avanzando hasta llegar a la insatisfacción profunda y radical acerca del modo de ejercer la autoridad los gobiernos democráticos del mundo.

Es decir, el denominado estructuralismo de Foucault (213) consistió en trabajos de deconstrucción y lucha contra todo poder establecido: el sistema penitenciario, la educación sexual, los partidos políticos y las ideologías, el sistema estatal de salud frente a la demencia y la locura.

Hemos mencionado rápidamente sus grandes tratados filosóficos, psicológicos y sociológicos que mostraban claramente su empeño por acometer todo abuso de poder y de autoridad que conllevaban la destrucción de la dignidad de la persona humana y terminaban en el encorsetamiento del ser humano para ser dominado por el Estado o las autoridades de cualquier corporación hasta llegar a las autoridades locales.

Foucault como Derrida fueron grandes deconstructores (157) y por eso son tan importantes, pues, sino tenemos en cuenta sus análisis, podemos repetirlos en cualquier momento de la historia y en cualquier lugar, por muy demócratas que nos consideremos pues todos tenemos un autoritario en nuestro interior.

En realidad, toda su vida se dedicó al estudio de la antropología de la libertad y de la psicología de la libertad. Un luchador extraordinario contra todo ejercicio de autoritarismo que conllevara la injusticia, racismo, violencia, clasismo, y marxismo y fascismo: este empeño lo denominaba “justicia social” (299): por eso siempre decía: “tenemos razón en rebelarnos” (294).

Amaba profundamente la verdad (167, 307), por eso también hay que decir la verdad de lo que uno piensa acerca de su pensamiento, pues de otra manera nos engañamos todos con bombos mutuos.

Ciertamente, asegurar, como hace Michel Foucault en sus obras, que la disciplina crea abusos de poder (285, 325), es sencillamente una exageración que convendría matizar.

Ciertamente, la autoridad en el gobierno como en el amor se basa en la coherencia de fe y vida, pues realmente hasta hace muy pocos años el autoritarismo no había sido tan condenado por la Iglesia y la sociedad, pero tan practicado por tantos que tenían hábitos castrenses. La conclusión de este debate está en el Evangelio y en la figura de Jesús: “Aprended de mí que soy manso y humilde corazón” (Mt 11, 29).

José Carlos Martín de la Hoz

Didier Eribon, Michel Foucault, El cuenco de plata, Buenos Aires 2026, 466 pp.