Los años salvajes de la teoría

 

Ciertamente Miguel Morey (Barcelona 1950) catedrático de filosofía de la Universidad de Barcelona, acierta plenamente con el título de esta magistral obra dedicada a dos grandes pensadores del siglo XX: Foucault y Derrida.

Recordemos que, tras la revolución del 68, Foucault y Derrida se unieron para, primero problematizar (80) y, después, criticar duramente toda institución, toda autoridad, toda disciplina y todo sistema filosófico. Las descalificaciones respectivas se hacían en nombre de la injusticia o de la incoherencia, tanto daba, pues lo que buscaban eran desautorizar todo líder, todo pensamiento y todo libro.

El afán de derribar, de deconstruir, terminó por hacerse obsesivo tras el mayo del 68, y de hecho uno de sus lemas preferidos fue “prohibido prohibir”. Es interesante el análisis que hizo de ese período Benedicto XVI cuando fue a investigar los orígenes de la pederastia tanto en la iglesia como en la sociedad civil: realmente las causas profundas fueron la banalización del sexo y la corrupción de las relaciones más profundas como la paterno-filial, la amistad o la relación espiritual.

Como es lógico, la solución a los problemas de injusticia, autoritarismo, falseamiento de la relación y adoctrinamiento, será recuperar la formación en la libertad, la exquisita delicadeza a la hora de preguntar antes de corregir, hacerse cargo de la situación de las personas antes de dar orientaciones, dejar espacio a la creatividad, enseñar a administrar la libertad.

Es decir, pasar del existencialismo de Sartre del “estar condenados a la libertad” (18), a impulsar que la caridad y el amor a la libertad sean verdaderamente centrales en cualquier proceso formativo o educativo, de modo que tengamos educadores, ciudadanos y padres de familia maduros en la libertad.

El otro gran elemento de la educación lo acaba de expresar León XIV en París con un llamamiento a la civilización del amor. Lanzarse al amor de Dios y el amor al prójimo cualquiera que este sea. El orgullo del recuerdo de los santos de la Iglesia en Francia servirá para seguir ilusionando con la santidad como coherencia de fe y de vida, como maduración de la libertad en el amor y la verdad.

No podemos terminar estas líneas sin recordar que, cuando los existencialistas se hicieron fenomenólogos llegaron a la conclusión, con Husserl, de que “había que volver a las cosas mismas”. Posteriormente, regresaron algunos de ellos a la esencia del realismo: “la verdad es la realidad de las cosas” (22). Por eso, afirmará Morey: “El fenomenólogo debe regir su conciencia por la exigencia de retener de los objetivos de la conciencia sus elementos universales y atender al modo en que los capota” (25). El problema estribará en que la deconstrucción se convertirá en alteridad y con ella volvemos al logocentrismo o la presencia del presente (143).

José Carlos Martín de la Hoz

Miguel Morey, Foucault y Derrida. Los años salvajes de la teoría, Shackleon books, Barcelona 2026, 172 pp.