Es normal encontrar hoy en día muchas personas que se pasan todo el día trabajando. Diez horas, doce horas. Hasta hace no mucho la inmensa mayoría de las personas adultas tenían un trabajo en una empresa de cualquier tipo en el que dedicaban ocho horas, porque era lo establecido y lo que se pagaba. Ahora las costumbres han cambiado para un número importante de trabajadores. A través de la informática se ha deslocalizado el trabajo de un número importante de trabajadores.
Aquellos que siguen acudiendo a un trabajo normal, con un horario establecido por las normas, saben a qué hora hay que entrar y a qué hora se termina su trabajo y, frecuentemente, el trabajador normal mira el reloj y sale corriendo de su oficina, fábrica o lo que sea. En casa le espera la familia, hace falta un tiempo de descanso, o es el momento de participar en la misa de la parroquia cercana. Hay tiempo para ver el partido que echan en la televisión, para leer un libro, para cuidar de los niños.
Así ha ocurrido toda la vida. Incluso, con cierta frecuencia, los trabajadores buscaban alguna forma de ganar un poco de tiempo, regateando en su horario, para poder ir al médico o acompañar a un hijo a tal o cual asunto pendiente. Era una sociedad humana, donde quedaban claros los momentos de trabajo y los de descanso y los días festivos y las vacaciones.
Ahora parece que todo eso ha desaparecido. Bueno, en realidad sigue como siempre para las personas que tienen un horario de trabajo bien determinado en el lugar de la empresa, no en su propio hogar. Pero los que trabajan en casa, da la impresión de que se han olvidado de los horarios, de las obligaciones, las buenas costumbres de salir a tomar algo con un amigo, o ayudar a los hijos con los deberes.
Ahora se trabaja en casa horas y horas y horas. ¿Qué sentido tiene? ¿Hay que ganar mucho dinero? ¿Me ha engañado mi jefe y, ya que trabajo en casa, me ha encargado bastante más de lo que se hace normalmente? Lo curioso es que ese trabajador ya se ha ahorrado el tiempo de ir y venir, lo cual en algunas ciudades es muy significativo. Por lo tanto, lo normal es que tuvieran más tiempo para la familia, para los amigos, para hacer un rato de oración, para su formación…
Pues no, horas y horas trabajando. Quizá a lo único que atiende el trabajador de hoy es a la indicación del médico que sugiere que debería hacer algo de ejercicio cada día, para mejorar o mantenerse con buena salud. Ahí si vemos auténticas aglomeraciones en los múltiples gimnasios que van surgiendo. Nuevos gimnasios por todas las esquinas y, al parecer bien llenos de gente necesitada.
Así que, si nos salimos del abundante trabajo que todos tienen y del cuidado del cuerpo, que parece mucho más importante que hace unos decenios, ya no hay casi tiempo para nada. Para hacer un rato de oración, para ir a visitar a ese amigo que está un poco enfermo, ni para leer un buen libro. Y, a veces, ni para cuidar debidamente a los hijos. Claro que, teniendo en cuanta todos estos medios de vida, lo mejor es no tener hijos, porque entonces como voy a ir al gimnasio.
Es indudable que esto es una exageración. Todavía encontramos con iglesias muy llenas en las misas de a diario, de mañana y de tarde. Todavía vemos vida en los bares de la nuestra calle. Pero dan pena todos esos pobres obsesionados con pasar doce horas trabajando. Ellos se lo pierden.
Ángel Cabrero Ugarte