Pedro Ballester Arenas -Pedrito para los más cercanos- era un joven enamorado de la vida. Buen estudiante y gran amigo, hijo y hermano; aunque, como todos, también tenía sus luchas y defectos. La enfermedad fue para él una verdadera forja en la que se puso de manifiesto su fidelidad a la propia vocación. El modo en que la afrontó -aunque no faltaron derrotas en medio del combate- se ha convertido en fuente de inspiración para muchas personas. En su alegría en medio del dolor, este joven nos recuerda que todos estamos llamados a la santidad en cualquier circunstancia de nuestra vida.