A bordo del Alfonso Pérez

El barco carbonero Alfonso Pérez, anclado en el puerto de Santander, sirvió de prisión durante la Guerra Civil entre julio de 1936 y febrero de 1937. El 27 de diciembre de 1936 la ciudad fue bombardeada por la aviación nacional -de Franco, para entendernos-, y en represalia los milicianos -voluntarios civiles adscritos a las fuerzas republicanas- ejecutaron a 157 presos del barco-prisión.

La matanza escandalizó a los medios internacionales y los presos supervivientes fueron trasladados al penal del Dueso y el barco abandonó Santander.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2025 Autoedición
357
978-84-09-70395-1

2ª edición. Subtítulo: Escenas del cautiverio rojo en Santander.

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Nos recuerda el editor de este libro, el profesor Alberto Vallejo, cómo la memorialística acerca de la Guerra Civil española (1936-1939) es inmensa. En este sentido, el caso del Alfonso Pérez es sólo un incidente menor dentro del medio millón de muertos que, se calcula, produjo la guerra.

El autor del relato pone el acento en la crueldad con la que actuaban las autoridades revolucionarias con los presos y la frialdad con la que elegían a los que iban a matar: "Aquel de las gafas que tiene cara de cura, ven acá". Los elegidos, apenas salían por la escotilla del buque recibían un disparo mortal. Aún así algunos no fallecieron por la mañana y tuvieron que ser rematados al final del día.

Llama la atención la poca preparación de aquellas nuevas autoridades revolucionarias. El autor se somplace en señalar cómo el que ejercía como comisario de policía y en cuyas manos estaban los detenidos, había sido empleado de un comercio de tejidos. De la misma forma, el comandante del buque-prisión había sido calafate en el mismo. Este hecho no nos debe extrañar ya que en todas las revoluciones sucede lo mismo. Por ejemplo Hitler, que se las daba de gran estratega, había sido pintor y comandaba a generales de carrera que no se atrevían a contradecirle. El miedo lo hace posible y así fue durante la Guerra Civil española.

Bustamante Quijano afirma que solo el 20% de los presos podían considerarse clases instruidas, el resto eran campesinos y trabajadores manuales. Estaban allí militares que no habían querido luchar con el ejército republicano, estudiantes y algunos jóvenes militantes de derechas o pertenecientes a la Acción Católica. Podemos añadir, por tanto, el odio a la religión como una de las causas para estar allí preso, de forma que había sacerdotes y religiosos de enseñanza. El autor señala cómo cientos de niños se habrían quedado sin escuela por el asesinato de sus maestros. El odio a la religión se produce en todas las revoluciones, pero es algo que Nuestro Señor Jesucristo ya había anunciado a sus discípulos, por lo que los religiosos no solo no lo extrañaban sino que incluso agradecían la posibilidad de sufrir el martirio por odio a su fe. Muchos de ellos han sido posteriormente canonizados por la Iglesia católica.

El autor de este relato fue trasladado desde Santander a Bilbao gracias a la intervención de un personaje, un amigo, del cual no nos da el nombre. En la capital bilbaina permaneció escondido en un sótano hasta que cayó la ciudad en manos de los sublevados -nacionales en el texto-, momento en el que se incorporó al ejercito y, como sargento de artillería, tuvo la satisfacción de entrar en Santander y abrazar a sus antiguos compañeros de prisión. Ramón Bustamante Quijano había estudiado Derecho en Madrid cuando empezó la contienda y al finalizar ejerció como letrado en la Capital con gran prestigio.