El 30 de diciembre, por la noche, en el telediario, salieron imágenes del momento de la notificación de la aprobación del aborto en Argentina. Consternación era lo que se percibía en los que habían luchado meses en contra de esta ley. Y, sorprendentemente, lágrimas de emoción entre mujeres jóvenes proabortistas. Se sentían emocionadas de poder matar. Seguro que esas imágenes se pueden encontrar en algunas noticias en internet. No me lo invento y me dejaron muy pensativo. ¡Lágrimas de emoción y abrazos de felicitación!

Este es el grado de perversión al que lleva una tendencia, en los países occidentales, al egoísmo puro y duro. Después de un año -y lo que nos quede- de lucha contra el virus, en España hay regocijo por la aprobación de la eutanasia; en Argentina auténtica emoción por poder matar al no nacido. Y así podríamos seguir, porque no es el nuestro el primer país en aprobar la muerte del que sufre, ni es Argentina el primero -quizá sí en Sudamérica- en aprobar el asesinato del que quiere nacer.

Una vez más nos damos cuenta de que el político solo sigue los pasos que hay que dar para seguir siendo votado. Solo le importa mantenerse en el poder. Estudia la tendencia entre los votantes, y luego busca razonamientos donde los haya, para poder dar la cara. Por lo tanto, si el político merodea para saber qué piensa la gente, está claro que el problema es ese: qué piensa la gente. ¡Cómo es posible, que en nuestra sociedad haya mayoría de personas, votantes, a quienes les parezca bien matar al viejecito achacoso, o al enfermo sufriente!

Porque, ténganlo en cuenta quienes esto leen: los que votan en el parlamento votarían lo contrario si detectaran mayoría en contra de esas leyes. Por lo tanto, el problema gordo y preocupante es saber qué piensa una mayoría de gente sin formación, sin respeto a los demás, con una tendencia casi única de egoísmo, de vivir bien, de quitarse problemas. Cuáles son las mentiras que circulan y por qué, para que muchos caigan en el engaño sobre lo esencial.

No estamos hablando del salario mínimo, o de leyes sobre el trabajo o sobre la universidad, que también. Estamos hablando de la vida de las personas. Y los que aprueban estas leyes criminales tendrán una actitud crítica hipócrita sobre los nazis. Les suena muy mal, pero piensan de la misma manera: estas personas -niños no nacidos, viejos achacosos- nos sobran y terminamos con ellos. Y nos emocionamos hasta las lágrimas cuando vemos aprobada una ley semejante.

Dándole la vuelta al argumento, deberíamos pensar en cómo educar a las personas en la generosidad. Dar a los demás, darse a los otros, ayudar a los pobres, dedicar tiempo a los necesitados. Dedicamos demasiado tiempo a responder wasaps -generalmente sinsorgadas- como para poder cuidar a un anciano, el abuelo, el vecino, el amigo que ha terminado en una residencia de ancianos, y le gustaría tanto tener un ratito de conversación conmigo.

Estamos demasiado tiempo viendo series como para echar una mano en las actividades asistenciales que promueve mi parroquia. Muy ocupado como para ayudar en la formación de los que tienen menos medios. Cada vez que veo a un señor de mediana edad paseando al perro pienso que es difícil que en nuestra sociedad haya un número de gente como para emprender una campaña verdaderamente cristiana, de caridad, de asistencia, de cuidado, etc. Y claro, lo que sigue es el aborto, la eutanasia… Imagino que estarán contentos con el covid 19, que se ha llevado por delante a tanto estorbo.

Ángel Cabrero Ugarte