Con frecuencia, seguramente, nos hemos dado cuenta de hasta qué punto nos hemos excedido al juzgar a una persona, un amigo, un compañero de trabajo. En el día a día, cuando estamos inmersos en nuestros quehaceres, en ocasiones complejos, a veces cansinos, tendemos a compararnos, a ver defectos en los demás, a pensar que no lo hacen como yo.
Escribía Susana Tamaro: “Hace algunos días, un amigo me contó que se vio en el espejo mientras reñía con su mujer. ‘De pronto me di cuenta de hasta qué extremo era feo y ridículo. No pude proseguir. El motivo de la disputa era tan tonto que hasta me daba vergüenza recordarlo. El espejo es un gran maestro, agregó, habría que llevarlo siempre con nosotros y reflejarse apenas surge el corazón negro y horrorizarse ante la propia fealdad’”[1].
El espejo, la reflexión, considerar por qué hemos hablado mal de esa persona. Quizá, de vez en cuando, deberíamos pensar en cuál sería nuestra reacción si supiésemos que alguien ha dicho de mí algo parecido. Casi siempre hemos dicho aquello en un momento de enfado o de cansancio y, precisamente por eso, sería conveniente que hiciéramos de cuando en cuando, el propósito de callarnos cuando hay un enfado.
Jacques Fesch escribía: “¡El orgullo! Hay que desconfiar de él como de la más espantosa de las calamidades. Aunque hayamos vencido a todos los vicios, permanece inalcanzable, infiltrándose en nuestros más nobles pensamientos. Es tenaz, sutil y envuelve nuestra alma como la campanilla se enreda en la planta. Crece en el odio, pero también acompaña a la búsqueda de la perfección”[2].
Cualquiera se da cuenta de hasta qué punto se puede meter en nuestras vidas la comparación, la falta de comprensión, el juicio sin consistencia. Y esto debería llevarnos a parar, con frecuencia, antes de juzgar a los demás. Sin duda comprender a los demás, ver a quienes tengo cerca con visión positiva, con deseos de ayudar, es muy distinto que ver errores.
¿Por qué este amigo mío es así? ¿Por qué tiene esas ocurrencias, por qué tiene esas distracciones, por qué lo veo ensimismado…? Si hay auténtica amistad y aprecio por él, vemos más fácilmente lo positivo. “Seguro que está cansado”, “le ha afectado mucho ese problema familiar”, “me parece que no está contento con su trabajo”.
Puede haber infinidad de cuestiones por las que ese amigo mío está un tanto distraído, hace mucho que no me llama, no entra a las conversaciones… Motivos para comprender y buscar la forma de ayudar.
Ángel Cabrero Ugarte
[1] “Querida Mathilda” Seix Barrar 1998
[2] “Dentro de cinco horas veré a Jesús. Diario de prisión” Rialp 1990