Ciertamente el profesor y divulgador David Pastor Vico afronta con total crudeza el estado de la antropología filosófica de nuestro tiempo sustanciándolo en lo que denomina la desconfianza de los maestros.
En primer lugar, expondrá la desconfianza de los pensadores que no coordinan su vida con sus enseñanzas y, por tanto, de la incoherencia pocos frutos se pueden esperar. Si, como afirmaba Nietzsche, todos se engañan a sí mismos, por qué no va a estar engañándonos también a los demás, como esos viejos rockeros que tocaban drogados y nunca lograban verdaderas creaciones artísticas sino realmente emitían deformidades.
El nervio de su exposición radicará en la desconfianza en el plano ético, es decir la relación entre nosotros que estamos en el mismo nivel de relación horizontal y el plano moral, es decir, la relación toda autoridad que se erige en un plan vertical, desde el que imparte órdenes (75).
Pronto, mostrará reiteradamente su mayor grado de desconfianza en la Iglesia y especialmente a los autores de teología moral que a lo largo de la historia: Dios a través de su Iglesia “habría impuesto un código de conducta vertical, propio del que está arriba, hacia nosotros, pobres desgraciados pecadores que estamos abajo. Y así, por arte y gracia aparece en la historia occidental la moral, ya no como una traducción de la palabra costumbre o tradición, sino como un código de conducta impuesto desde los cielos”.
Enseguida, recurrirá a Kant para remachar la desconfianza y lanzar el anatema total y definitivo contra un falso Dios o una esperpéntica Iglesia, es decir, con los “esbirros con sotana”, como les denomina: “La moral, siempre de la mano de su progenitora, la ética religiosa, es entonces una norma heterónoma, lo cual quiere decir que se impone desde afuera, que dicta qué hay que hacer y, sobre todo, qué es lo que no hay que hacer” (87).
Una vez terminadas las duras invectivas contra la Iglesia y sus instituciones el autor volverá sus ojos a la familia y a los maestros y educadores que formarán a los jóvenes que constituyen la esperanza de la sociedad.
En primer lugar, aportará la conclusión esencial de este trabajo que es educar confiando en esos jóvenes. Nadie puede educar si no comienza por amar, perdonar, alentar y, finalmente, confiar. Este es el esquema final de un trabajo que podría haber abreviado si hubiera reconocido que la Iglesia es sencillamente una familia de familias donde todo se ha apoyado siempre en la confianza (118).
José Carlos Martín de la Hoz
David Pastor Vico, Filosofía parea desconfiados. Una reivindicación del nosotros, Ariel, Barcelona 239 pp.