Filosofía práctica

 

El filósofo francés Gilles Deleuze (1925-1995) es uno de los más importantes especialistas en la obra de Baruc Spinoza al que dedicó muchas investigaciones y docencia desde la Universidad Paris VIII.

Como afirma la introducción: “A Spinoza como a Deleuze, los puede comprender cualquiera, igual que comprendemos son entender que nos hemos enamorado, o acogemos sin preparación alguna la furia caprichosa del vendaval” (11).

Ciertamente, la tesis esencial de Spinoza hace que sea ciertamente la más radical de todas las que se han presentado fuera de la revelación cristiana: Dios como “una sola sustancia que consta de infinidad de atributos, ‘Deus sive Natura’, las criaturas siendo solo modos de estos atributos o modificaciones de esta sustancia”.

Efectivamente, las tres grandes acusaciones contra Spinoza en vida y en la actualidad fueron la de “materialismo, inmoralismo y ateísmo”. Estos son los elementos básicos que van a articular la obra que ahora presentamos.

Frente a los autores que denostaban el cuerpo humano, las pasiones y sentimientos más superficiales y profundos, Spinoza se rebela y destruye toda relación causa efecto entre alma y cuerpo en los que se ja denominado desde entonces: paralelismo, al más puro estilo Nietzsche (42).

Enseguida nos explicará Deleuze de donde procede la acusación de inmoralidad. Para ello comenzará por explicarlos el concepto de bien y mal para Spinoza: “Aunque no haya bien ni mal, si hay bueno o malo. Lo bueno tiene lugar cuando un cuerpo compone directamente su relación con la nuestra y aumenta nuestra potencia con parte de la suya, o con toda entera. Por ejemplo, un alimento. Lo malo, tiene lugar para nosotros, cuando un cuerpo descompone la relación del nuestro, aunque se componga luego con nuestras partes, como un veneno” (48).

Finalmente, el ateísmo: “el gran secreto del régimen monárquico, su interés profundo consiste en engañar a los hombres disfrazando con el nombre de religión el temor con el que se les quiere meter en cintura; de modo que luchen por su servidumbre como si se tratase de su salvación” (52).

Dios sería el monarca, un tirano que habríamos fabricado entre todos. Ahora conviene recordar el principio de Spinoza: la Escritura está llena de milagros, como los milagros no existen entonces la escritura sería falsa y cada uno podría inventar su propia religión. Ciertamente, nos dirá Deleuze, el pensamiento de Spinoza habría evolucionado en tres pasos: “el naturalismo del Breve tratado, el teísmo cartesiano de los Pensamientos metafísicos y el panteísmo geométrico de la Ética Espinociana al final de su vida” (173).

José Carlos Martín de la Hoz

Gilles Deleuze, Spinoza: filosofía práctica, Tusquets, Madrid 2026, 208 pp.