La figura de Montaigne (1533-1592) no ha hecho más que agigantarse con el paso de los siglos, a pesar de ser, en realidad, una pluma más de su tiempo y, sobre todo, una pluma muy subjetiva y de un estilo completamente nuevo: se trataba de escribir en sus “Ensayos” lo que se le pasaba por la cabeza, para que los lectores no tuvieran otro interés que conocer sin más sus devaneos.
El encierro de Montaigne a los 38 años en su torre rodeado de una inmensa biblioteca y, sobre todo, libre de preocupaciones, del amor de su esposa, la educación de los hijos, la administración de su patrimonio y de sus fincas, las ocupaciones políticas o las consultas del rey (11).
En realidad, la valentía de Montaigne estribaba en haberse centrado en sus pensamientos y ocurrencias y sobre todo sobreponerse a la tentación del propio yo: “Defiéndeme Dios de mí” (23), afirmaría en aquella época la piedad popular., como el dicho que acabamos de relatar
Indudablemente la literatura contenida en esa biblioteca estaba sobre todo, compuesta por los grandes autores clásicos griegos y latinos, eso sí, con muy buenas traducciones al francés y, sobre todo, llena de libros de ensayos, jurídicos, económicos, teológicos y humanísticos.
Es interesante descubrir lo que se llama “el foro interior” y sobre todo la vanagloria de darle importancia a las meras ocurrencias del autor, pues lógicamente tendrían más importancia que los autores clásicos, aunque de todas formas. Indudablemente es el yo el centro.
No es de extrañar que esa mentalidad egolátrica y centrípeta como ha sido calificada, es decir, haya sido clasificada como un antecedente del oscuro método de Descartes, para quien lo importante no es anotar todas las idas que se me han ocurrido a mí, sino detenerme en la teoría del conocimiento que ha alumbrado mi mente: “pienso luego existo” (41).
Ciertamente el giro inmanentista de Descartes y el perfil subjetivista de Kant vertido en la “Crítica de la razón pura” estarían incoados en Montaigne en el planteamiento centrado en el yo, no en categoría de pensamientos e ideas de interés, de las que los “ensayos” carecen: “Un foro interior, privado, y habitual para entretenerse con el propio yo, cerrado a la conversación o comunicación con los demás, para discurrir y reír como si no se tuviera familia o servidumbre” (41).
Finalmente, no podemos terminar esta breve reseña sin tocar el tema de la libertad, una de las pasiones de Montaigne, aspecto que destacará nuestro autor muy repetidamente (200).
José Carlos Martín de la Hoz
Nicola Panichi, Montaigne. La conciencia crítica del Renacimiento, ediciones Shakleton, books Barcelona 2026, 203 pp.