La esencia del cristianismo

 

El siglo XIX fue el siglo de la filosofía alemana por excelencia con autores fundamentales que trasformaron el pensamiento moderno hasta hacerlo expresarse en las diversas ideologías que se enfrentaron y se autodestruyeron en las dos guerras mundiales que asolaron el siglo XX y de las que todavía no nos hemos recuperado.

Uno de los pensadores más influyentes en todas las ideologías fue Ludwig Feuerbach (1804-1872). Catedrático de filosofía en la universidad de Erlangen, escritor fecundo y conferenciante implacable.

Ciertamente, su pensamiento es profundamente espinoziano y además hegeliano, por tanto, su presencia late en nuestros días cuando Spinoza sigue siendo el representante del nuevo panteísmo de Nueva Era y de las religiones a la carta que buscan calmar la sed de espiritualidad que llena nuestra sociedad y nuestro pensamiento.

Como todos los pensadores radicales e inconformistas, su crítica teológica y filosófica no se dirige al cristianismo sino a los cristianos conformistas, es decir los que no han llegado al fondo de la cuestión y ni son ateos como él como consecuencia de la “fenomenología del espíritu hegeliano”, ni son profundamente católicos centrados en una relación personal y de santidad con Jesucristo. De ahí viene los apoyos de Kierkegaard que le admiraba profundamente.

De todos es conocida su afirmación más clásica: “O Dios ha creado al hombre o ha sido el hombre el que ha creado a Dios” (102). Feuerbach está en la segunda opción y en eso consistirá este extraordinario trabajo de síntesis del pensamiento: proyectar en un supuesto Dios lo que sería ciertamente el “super hombre” de Nietzsche.

Al ser seguidor de Spinoza negará la existencia de los milagros y, por tanto, la veracidad de la Sagrada Escritura, por lo que la religión sería un invento humano para explicar la realidad, una verdadera ideología, por lo que cada hombre puede ser feliz reconciliándose consigo mismo y construyendo una religión a la carta que le ayude, una ética, a vivir y morir en paz (173).

Ciertamente, los planteamientos de Feuerbach son radicales, pero no se puede decir que no conozca la teología. De hecho, su ataque más furibundo se dirigirá al Espíritu Santo del que niega su autenticidad como Dios y la existencia del amor de Dios, pues para él todo amor es puro egoísmo, búsqueda de posesión de la persona amada, para someterla (193).

Para Feuerbach si existiera Jesucristo, alfa y omega, perfecto Dios y perfecto hombre, realmente la historia habría llegado a su final y a su cumplimiento, por eso los primeros cristianos estaban convencidos de la proximidad de la parusía (200). Ciertamente, san Pedro en su segunda carta sale al paso de esto y explica el retraso por la salvación.

José Carlos Martín de la Hoz

Ludwig Feuerbach, La esencia del cristianismo, Trotta, Madrid 2013, 398 pp.