La liturgia y la trascendencia

 

“Un joven amigo mío me contó una experiencia que habían vivido en misa él y su mujer. Sus dos hijos pequeños estaban en casa de algún pariente, así que, por una vez pudieron ir a misa ellos solos.

La liturgia se celebró con esa reverencia que te hace desear que todas las misas fueran igual de solemnes. Después de comulgar, estaban arrodillados rezando cuando mi amigo oyó sollozar bajito a su mujer. Como sabía que sus dos revoltosos pequeños y su tercer embarazo la tenían física y emocionalmente agotada, le preguntó qué le pasaba. Pero su respuesta distó mucho de lo esperado: mientras comulgaba y consumía el cuerpo de Cristo, su mujer había experimentado una abrumadora sensación de paz que solo se puede definir como la gracia de Dios”. (Scott Hahn, La primera  sociedad, Rialp 2019, p. 141)

Cuando sabemos de personas cercanas que se emocionan con la liturgia, enseguida se nos ocurre pensar que esas personas participan normalmente en iglesias donde se respeta el culto, donde se siente a Dios allí presente, donde se cuidan los detalles de amor. Y así, somos conscientes de encontrarnos en otro mundo. Nos facilita la trascendencia, la cercanía de Dios.

“Si celebramos la misa orando, si al decir ‘Esto es mi cuerpo’, brota realmente la comunión con Jesucristo que nos impuso las manos y nos autorizó a hablar con su mismo yo; si realizamos la eucaristía con íntima participación en la fe y en la oración, entonces no se reducirá a un deber exterior, entonces el ars celebrandi vendrá por sí mismo, pues consiste precisamente en celebrar partiendo del Señor y en comunión con Él y, por tanto, como es preciso también para los hombres. Entonces nosotros mismos recibimos como fruto un gran enriquecimiento y, a la vez, transmitimos a los hombres más de lo que tenemos, es decir, la presencia del Señor”. (Peter Seewald, Benedicto XVI, una vida, Mensajero 2020, p. 202).

¡Cómo se agradecen esos lugares donde se palpa el recogimiento, el fervor! Sin duda es importante la actitud del celebrante, pero la actitud orante de los fieles es algo contagioso.

“La importancia de las ceremonias, esas prácticas festivas, religiosas, que aportan belleza, magia y misterio a la vida. Son ejercicios espirituales de atención. Elevan y espiritualizan la vida. Sin magia y sin misterio, sin lo sobrenatural, la vida deja de ser vida. La máxima belleza, la que permite que la vida sea algo más que mera supervivencia, es una belleza religiosa”. (Byung-Chul Han, Sobre Dios. Paidós 2025, p. 30).

No es una insensatez buscar el lugar más apropiado. Cada uno encuentra el suyo. Pero qué duda cabe que ayuda al fiel la actitud del celebrante y de los demás asistentes.

Ángel Cabrero Ugarte