La perspectiva de la enfermedad

 

No es fácil que vivamos conscientes de que puede llegar una enfermedad, incluso una enfermedad grave. La perspectiva de la muerte es de gran utilidad para la vida, porque vivimos bien si tenemos presente lo que significa morir bien. En la misma línea, la posibilidad de una enfermedad no es pesimismo o cobardía, sino realismo que nos ayuda a vivir en el día a día.

“Sucederá la flor” es un libro de 53 páginas sin desperdicio. Muy recomendable. Jesús Montiel, el autor, es poeta, y se le nota. Y es padre que ha sufrido la enfermedad de un hijo pequeño, y se le nota. Con estos ingredientes y una actitud de esperanza, este libro resulta una joya literaria y una ayuda para desconsolados. De entrada, advierte, “la enfermedad nunca avisa de su llegada. Llega siempre a una hora inoportuna, sin pedir permiso, y nos aborda maleducadamente” (p. 13).

Indudablemente no es lo mismo la enfermedad de una persona mayor, siempre previsible, aunque aparezca tantas veces como un susto, en una cita ordinaria con el médico, que la enfermedad de un niño. Y no es fácil entenderla. “He conocido a muchos hombres capaces de hablar varias lenguas o escribir un ensayo erudito sobre cualquier asunto difícil. Al recibir la visita de la enfermedad, la mayoría son bebés que balbucean. Todos sus saberes ceden como una bolsa de plástico cuando contiene un peso superior a su resistencia. Ellos iban silbando y de repente miran sus planes por el suelo, las manos sosteniendo las asas rotas, ni rastro de la antigua seguridad” (p. 13-14).

Cualquiera se puede encontrar de repente con que ese ser querido, alguien indispensable en nuestra existencia, tiene una enfermedad grave. Y entonces la vida se ve de otra manera, muy distinta. Es la perspectiva de algo nuevo, totalmente inesperado, a pesar de que las enfermedades las vemos todos los días, en otras personas. Pero cuando se ve de cerca, muy de cerca, en un niño, o en uno mismo, entonces las cosas se piensan de otra manera.

“Al llegar a urgencias me sorprendió la cantidad de niños enfermos el mismo día, en la misma ciudad y a la misma hora” (p.15). Sorpresa. El hallazgo de algo desconocido, aunque esté ahí, en el hospital por el que has pasado miles de veces. Pero es distinto entrar con motivo de una enfermedad grave. Leucemia, tratamiento agresivo, internamiento en la planta para los niños con cáncer. La vida se ve de otra manera. Cambian todos los planes. Sorprende que la gente siga por la calle tan tranquila.

“La gente busca a Dios en las iglesias (…) pero Dios vive en los geriátricos, (…) en la planta de oncología infantil. Allí tiene un ejército minúsculo de soldados que no superan el metro y medio de estatura. Un ejército ridículo y sin embargo invencible. Quince niños calvos. Yo lo he visto: un hombre muy seguro de sí mismo entra en esa planta y tiembla de miedo nada más verlos” (p. 18-19). La persona ajena no sabe. La persona cercana, el familiar, el hermano, el padre, descubre una realidad distinta.

Podemos, incluso, participar en la atención de enfermos, dedicarles tiempo como una actividad de voluntariado. Eso ya sirve de mucho. Pero cuando es alguien querido… hay que empezar a pensar de otra manera. Es cuando, de verdad, se empieza a entrever la vida eterna, a descubrir que lo de aquí es perecedero, fugaz, queramos o no queramos. La enfermedad, como la experiencia de la muerte, nos ayuda a vivir de verdad, sin perder de vista el sentido de la vida.

Ángel Cabrero Ugarte

Jesús Montiel, Sucederá la flor, Pre-textos 2018