Los templos y los gimnasios

 

Me sorprendió, leyendo un libro de Edith Stein, la experiencia que tuvo con ocasión de un viaje por Alemania. Algo que contaba, después de años, como algo que le había llamado mucho la atención: En una visita a la catedral de Frankfurt tuvo una vivencia que le impresionó profundamente: "Entramos en la catedral unos minutos y, mientras estábamos allí en respetuoso silencio, entró una mujer con la cesta de la compra y se arrodilló en un banco para orar brevemente. Para mí era algo totalmente nuevo. A las sinagogas y a los templos protestantes que yo había visitado sólo se iba para los actos de culto. Pero aquí alguien acudía en medio de las ocupaciones diarias a una iglesia vacía, como para una conversación familiar. Eso no lo he podido olvidar nunca".

En nuestros días podemos encontrarnos con experiencias parecidas. En la parroquia que hay frente a mi casa, abierta casi todo el día, es normal siempre encontrar a alguien orando. A veces, según las horas, pueden ser dos o tres personas. Pero es que, además, esa misma parroquia tiene una capilla, con entrada por distinta calle, con el Santísimo expuesto, durante 24 horas al día, con la condición de que siempre haya alguien. El único problema que tienen es que a veces no caben todos los que quisieran estar allí rezando.

Surgía en una conversación hace pocos días el auge que tienen los gimnasios. Aparecen por doquier nuevos locales dedicados al ejercicio, gimnasia, adiestramiento, porque hay una preocupación constante por tener el cuerpo a raya. En muchos casos es el médico quien ha mandado a aquel personaje de mediana edad a que haga todos los días una serie de ejercicios, con las máquinas que normalmente se encuentran en esos locales.

Podríamos pensar que hay una preocupación creciente por la salud del cuerpo, por estar en forma, quizá pensando en vivir muchos años o quizá solo por tener una buena apariencia. Algunos por estar más ágiles, más fuertes, para practicar deportes exigentes, otros solo por cuidar una figura agradable.

Todo ello es encomiable y recomendable. Pero a veces lleva a pensar en cómo cambian las costumbres de las personas y ayudan a una reflexión positiva: hasta qué punto es muy importante cuidar el cuerpo, hasta qué punto es muy importante cuidar el alma. ¿Se puede comparar cuantos aquí, cuantos allá? No parece que surja ninguna oposición entre unos y otros. Hay personas con una dedicación cuidadosa al trato con Dios que procura no dejar el gimnasio.

Pero sí que habría que pensar en el número de jóvenes que tienen un empeño exagerado por cuidar el cuerpo y no tienen ninguna preocupación por el alma. Y eso si es más preocupante. Da pena llegar a la conclusión de que hay muchos que piensan solo en algo tan efímero como el cuerpo y no consideran que lo que es para siempre es el alma.

De todo hay en nuestra sociedad y teniendo en cuenta que los horarios, en general, son distintos, no es fácil juzgar o comparar. A la iglesia se va más por la mañana pronto, cuidando así las prioridades, y al gimnasio muchos van al terminar el trabajo. O sea, son totalmente compatibles.

Indudablemente hay que cuidar el cuerpo y el alma. Sería una falta de responsabilidad descuidar uno u otra. Hay a quienes hay que empujarles para que cuiden su salud; hay otros a quienes hay que recordar que lo definitivo es el alma.

Ángel Cabrero Ugarte