Optimistas y pesimistas

 

Fácilmente tenemos imágenes diversas de personas que son pesimistas y alguna, algo más escasa, de personas optimistas. Lo que está claro es que no todo el mundo ve igual a esas personas. El que está un tanto triste y desanimado le molesta el personaje optimista. “No tiene dificultades y dolores la vida como para que venga este con sus bromitas tontas”. A ese personaje divertido hay otras personas que le ven con cariño, porque nos parece bueno que alguien pinte con buenos colores las diversas historias que nos llegan.

Se ha escrito mucho sobre el tema y podemos encontrarnos visiones muy opuestas. Ratzinger nos decía: “El optimismo ideológico, este sustituto de la esperanza cristiana, debe ser distinto de un optimismo de temperamento y de disposición. Este es sencillamente una cualidad natural psicológica que puede ir unida a la esperanza cristiana, lo mismo que al optimismo ideológico, pero que de por si no coincide con ninguno de los dos. El optimismo de temperamento es algo hermoso y útil ante la angustia de la vida: ¿quién no se regocija ante la alegría y confianza que irradia de una persona? ¿Quién no lo desearía para sí mismo? Como todas las disposiciones naturales, un optimismo de ese tipo es sobre todo una cualidad moralmente neutra; como todas las disposiciones debe ser desarrollado y cultivado para formar positivamente la fisonomía moral de una persona” (Mirar a Cristo, p. 50).

Una cualidad moralmente neutra. Es algo bastante psicológico y difícil de razonar: que uno tienda a verlo todo negro… Lo más que podemos hacer es animarle y darle buenas noticias. El que es optimista por naturaleza tiene mucho ganado y puede que haya bastantes que le envidien.

Sin embargo, desde un punto de vista moral las cosas habría que verlas de otro modo. Es también Ratzinger quien nos lo recuerda: “En el sistema cristiano de las virtudes la desesperación, es decir la oposición radical contra la fe y la esperanza, se califica como pecado contra el Espíritu, porque excluye su poder de curar y de perdonar, y se niega por tanto a la redención. En la nueva religión el ‘pesimismo’ es el pecado de todos los pecados, y la duda ante el optimismo, ante el progreso y la utopía, es un asalto frontal al espíritu de la edad moderna, es el ataque a su credo fundamental sobre el que se fundamenta su seguridad, que por otra parte está continuamente amenazada por la debilidad de aquella divinidad ilusoria que es la historia” (Idem, p.49).

El optimista es alguien que se suma al conocido “no hay mal que por bien no venga”, y ve, como Churchill, una oportunidad en cada calamidad; mientras que el pesimista ve una calamidad en cada oportunidad. Cada uno que se mire a sí mismo.

Ángel Cabrero Ugarte