Ser solidarios. Un concepto que suena bien y que, en principio, lo entendemos. Si lo pensamos un poco quizá nos damos cuenta de que en la vida misma no nos resulta tan fácil esto de ser solidarios. En buena medida supone salir de uno mismo para identificarnos con los problemas del prójimo.

Podemos definirla como un valor fundamental que anima a las personas a colaborar y apoyarse mutuamente, especialmente en situaciones difíciles o vulnerables. Se basa en la empatía y el respeto, lo que permite que las personas se unan para alcanzar objetivos comunes y lograr una sociedad más justa.

Nos ayuda mucho lo que nos dice el Papa León en su encíclica (p. 69): “Este principio (de la solidaridad) nace de la visión de persona concebida por la fe; todo ser humano es creado a imagen de Dios e incorporado a una red de relaciones que lo vinculan a los demás, a los pueblos y a la creación”. Es decir, no nos quedamos ya en una ayuda mutua, que no es poco, si no que nace de “una visión de persona concebida por la fe”.

Pensamos en los demás como hijos de Dios, creados para la eternidad, que pueden necesitar de nuestra ayuda. Puede que no estén precisamente cerca de  Dios, porque la vida no les ha enseña esto. San Pablo VI recordaba que “las obligaciones de solidaridad, justicia y caridad están radicadas en la fraternidad humana y sobrenatural que une a los hombres y a los pueblos entre ellos” (p.70).

Vemos necesidades materiales en muchas personas, dificultades para adaptarse a la sociedad, a la complejidad de la vida laboral. Por lo tanto, dice el papa “la solidaridad es el reconocimiento concreto de que el destino de cada uno está ligado al destino de todos; realmente nadie se salva solo”.

Es todo un reto, una ocasión se reflexión para cada uno: ser solidario supone estar al tanto de quienes viven cerca, de quienes trabajan conmigo, de esos vecinos con quien me encuentro, de esos familiares más o menos lejanos. De mis amigos. “La solidaridad se expresa cuando cada uno, personalmente y junto con los demás, toma parte en la vida de la comunidad -se informa, se asocia, hace sentir su propia voz, contribuye a las decisiones y a las opciones públicas- asumiendo responsabilidades reales para que el bien común se traduzca en toma de decisiones compartidas” (p. 70).

Es un mundo lleno de posibilidades a las que no llegamos en cuanto nos corroe el egoísmo: tengo mucho que hacer, estoy cansado, tengo que ver ese partido. O sea, voy a lo mío. “La solidaridad nace precisamente cuando decidimos no permanecer indiferentes frente a aquello que le sucede a nuestro prójimo y transformarnos vínculos inevitables -económicos, culturales y tecnológicos- en itinerarios de intercambio, de cooperación y de cuidado mutuo, aprendiendo a pensar y actuar en términos de comunidad” (p. 71).

Son indicaciones del Papa León, preocupado por el peligro del egoísmo, de una comunidad egocéntrica. Nos viene muy bien plantearnos cómo es nuestra solidaridad.

 

Ángel Cabrero Ugarte