Años de hierro

«Los años cuarenta empiezan en España, como en el resto de Europa, con el decisivo 1939, pero de modo opuesto: en España ha terminado una guerra, al norte de los Pirineos comenzaba otra mucho más mortífera...»

Aquella época fue muy compleja, llena de vida y de muerte, muy dramática; fueron los años de las Trece Rosas y el fusilamiento de Quiñones, de la División Azul y la Operación Bodden, de los planes de la Comisión Goldeneye sobre Canarias y Gibraltar, y de acercamientos monárquicos a Hitler, de conspiración de los generales contra Franco y de invasión del maquis por el valle de Arán, de disputas por el tesoro del Vita, de Ojos verdes y del Premio Nadal, de expansión del Opus Dei y defenestración de Serrano Súñer mezclada con un caso de adulterio, de reconstrucción y represión, hambre y estraperlo, magnos y a veces irreales planes industriales, CSIC, repoblación forestal y lucha contra la sequía; de intrigas de los embajadores Hoare y Stohrer, de La Caballería de San Jorge y tantos otros temas tratados en esta obra. Todo bajo la casi fatal atracción del torbellino europeo, amenazas de invasión por parte de Hitler o de los Aliados y una nada imposible reanudación de la Guerra Civil.

Años de grandes ilusiones y frustraciones, en los que se escribieron algunas de las novelas españolas más importantes del siglo, obras de pensamiento y poesía de gran relieve, la pieza musical más interpretada y conocida fuera de España, o el libro doctrinal más influyente internacionalmente publicado en el país en siglos. Fue también la edad dorada del humor, la canción popular, la literatura de kiosco…

La victoria de Franco en la Guerra Civil no garantizaba la continuidad de su dictadura (de la que derivaría, muchos años después, la democracia). Por el contrario, su supervivencia y consolidación, así como su neutralidad en la guerra mundial, fueron hechos sumamente improbables. Sin embargo, ocurrieron, y el historiador debe exponer su cómo y su porqué, al margen de mitos y prejuicios. Tal es la tarea que aborda Pío Moa con "Años de Hierro" que, como otros títulos suyos, propone una reinterpretación a fondo de un pasado tan crucial en la configuración de nuestro presente.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2007
680
978-84-9734-663-4
2008
867
978-84-9734-736-5
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"Años de hierro" se lee con el interés de una novela y no faltará quien, para desacreditarla, diga que lo es; sin embargo el autor utiliza documentación de la época (1939-1945) y cita casi toda la bibliografía que existe en español sobre la misma. El autor sigue a los historiadores Luís Suárez Fernández y Ricardo de la Cierva Hoces. "Años de hierro" es una obra de divulgación, no una investigación histórica. Comprende el periodo que va desde el final de la guerra civil española hasta la terminación de la segunda guerra mundial. Pío Moa va narrando paralelamente las distintas fases de la guerra mundial y la incidencia que ésta tuvo en España. En un principio los españoles observaron admirados a los ejércitos alemanes en acción, especialmente en Rusia, movidos por su anticomunismo. Franco se sentía agradecido a Hitler y Mussolini por la ayuda recibida durante la guerra civil, sin embargo no quería satelizar a España respecto de ninguna de las potencias y, con una labor que tuvo mucho de malabarismo, fue capaz de mantener para España el estatuto de nación "no beligerante". Se opuso a entrar en la guerra junto con los países del Eje e igualmente rechazó que las tropas del Reich cruzasen la península para tomar Gibraltar, algo que Hitler deseaba intensamente. La escasa clase política española, del interior o del exilio, oscilaba en sus intereses. Los monárquicos, aliadófilos o no, deseaban que Don Juan, hijo de Alfonso XIII, volviese a España como Rey. Los republicanos en el exilio esperaban volver al país, con Don Juan o sin él, a caballo de la victoria aliada. Los comunistas fueron los únicos que mantuvieron en el interior grupos clandestinos de resistencia. Los falangistas deseaban unirse al esfuerzo bélico alemán y de entre ellos salió la División Azul de Voluntarios que combatió en Rusia. Los mismos generales que habían acompañado a Franco en la victoria no fueron una excepción a esta regla: Los hubo que conspiraron a favor de la monarquía (se cita singularmente a Aranda y Kindelán), los hubo aliadófilos (Beigbeder) y falangistas (Muñoz Grandes). Franco supo conducir a sus compañeros sin estridencias, aún a sabiendas de que algunos le aborrecían (Queipo de Llano) y que otros conspiraban contra él. Tenía, naturalmente, un grupo de incondicionales, entre los que destaca la figura del Almirante Carrero Blanco que colaboraría con Franco prácticamente hasta el fin de ambos. El Generalísimo estaba imbuido del sentido militar de la jerarquía y de la legitimidad que, como gobernante, le daba la victoria ("sería absurdo que les devolviéramos el poder a aquellos mismos a quienes se lo arrebatamos") y nunca se planteó que otro mandase en España mientras él ostentase la alta magistratura del Estado y la capitanía general de los ejércitos. Su intención era restaurar la monarquía, pero bajo sus condiciones y en la persona que él eligiera. Cuando hubo de tratar con otros gobernantes, ya fueran Aliados o del Eje, nunca se mostró como un dictador huidizo sino como Jefe del Estado de un país históricamente importante: España. Son especialmente simpáticas al respecto las anotaciones de los embajadores inglés y norteamericano y significativas las cartas que Franco dirigió a Churchill o sus intentos de mediación entre los contendientes. Personalmente estaba convencido de que la guerra en Europa era una sangría inútil de la que únicamente saldría favorecida la Unión Soviética. Franco era un hombre pragmático y de una gran flexibilidad ideológica y política, lo cual hizo que en el interior se fuese separando de la Falange, de la que él mismo era Jefe Nacional; finalmente limitó su ideología a lo que entonces se llamaba "defensa de la civilización cristiana": Anticomunismo y en ocasiones antiliberalismo. Franco intuyó que las dos potencias emergentes después de la guerra mundial iban a ser la URSS y los Estados Unidos de América y trató de aproximarse a este último país. Es de imaginar la sorpresa del exilio republicano y del aspirante a la corona cuando, al término de la guerra mundial, quedó claro que los aliados no iban a empezar otra para arrojar a Franco del poder, sino que, por el contrario, lo iban a aceptar como aliado en contra de la Unión Soviética. En conclusión, la figura de Franco como gobernante en tiempos difíciles sale reforzada con el libro de Pío Moa. Sobre las observaciones de Aita no encuentro el libro farragoso, no recuerdo ninguna mención al Opus Dei ni al libro Camino e incluso la edición que he leído indica 1ª edición: junio de 2008, por lo que no sé si habrá algún error o se trata de una primera edición de bolsillo. En todo caso hay que reconocerle a Pío Moa el mérito de escribir una historia nueva sobre el periodo 1939-1945, distinta de la "historia oficial".

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En este trabajo tenemos al Pío Moa más periodista que historiador. El libro resulta farragoso y fundado sólo en libros de memorias y tratados clásicos, hay poca aportación de archivo y pocas opiniones nuevas. Las referencias al Opus Dei y al libro Camino escrito por su Fundador, están fuera de lugar y son un indicativo de la superficialidad con que ha manejado las fuentes: al menos podría citar el voluminoso trabajo de más de mil páginas escrito por Pedro Rodríguez, antes que la aportación de una cita de un autor chino de pensamientos.