El árbol de las cerezas

Mafalda es una niña de nueve años a la que le gusta ir al colegio, jugar al fútbol y abrazar a su gato, Óptimo Turcaret. Está segura de que el espíritu de su abuela vive en el cerezo que hay en el patio de la escuela, junto a Cosimo, el protagonista de su libro favorito, El Barón Rampante. Mafalda siempre cuenta los pasos hasta la escuela y cada día son más los que necesita para ver el cerezo: la enfermedad de Stargardt que padece la está dejando ciega poco a poco. Mafalda intenta aceptar la oscuridad que se aproxima a pasos de gigante con una mezcla de terror y prodigiosa valentía. Junto con un puñado de inolvidables personajes, descubrirá que las cosas más importantes de la vida suelen pasar desapercibidas. 

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2019
224
978-84-322-350

Traducción de Isabel González-Gallarza

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Imagen de Azafrán

Mafalda se rebela contra la enfermedad que la aboca a la ceguera. No entiende la postura de sus padres que buscan una casa en la que no haya escaleras, justo en el momento en que la llama de sus ojos de apaga por completo. Desde el punto de vista de Mafalda, es preferible una casa con escaleras a la que está ya acostumbrada, que un piso que ya no podrá ver nunca. Mafalda se rebela al estilo de Cósimo, el protagonista de El barón rampante, de Italo Calvino: planea una huida hacia la copa del cerezo que hay en el patio de su escuela.

Cuando el lector comienza la lectura de El árbol de las cerezas, conoce a una niña de 10 años que experimenta, día a día, lo que significa perder el sentido de la vista. Ella misma mide la pérdida de visión contando los pasos que necesita dar para poder ver el árbol: la distancia a la que todavía puede ver el cerezo. Igualmente va descubriendo una lista de cosas que ya no puede hacer como jugar al fútbol con sus compañeros. Su ceguera empieza a aislarla del resto de los niños que la rehúyen porque ya no puede jugar a sus juegos.

El rechazo de los compañeros y las burlas empiezan a ser patentes. No obstante, Mafalda tiene su “Garrone” (el personaje de Corazón, de Edmundo de Amicis que defiende al niño jorobadito en la escuela). Filippo es el “Garrone” de Mafalda. La defiende ante los compañeros, ante los profesores…

El otro personaje entrañable que ayuda a Mafalda en la escuela es Estella, la bedel de la escuela. Estella le propone un nuevo estilo de hacer listas: la lista de las cosas esenciales para ella como, por ejemplo, los amigos, las cosas que puede hacer con Filippo (cantar, montar en trineo…). Porque las cosas importantes solo se ven con el corazón, como decía en El Principito su autor, Saint-Exupéry.

Estella es una buena amiga que le habla con la verdad: es una amazona fuerte que la ayuda todos los días silbando a la entrada del colegio para facilitarle la subida de las escaleras, enseñándola a bajarse del cerezo…

Estella no podrá ayudar a Mafalda a cumplir su huida, su traslado al cerezo, porque Estella tiene cáncer, está en el hospital y le escribe una carta de despedida a Mafalda. La carta provoca que la niña salga huyendo de la casa, que se pierda en la ciudad y que oiga el timbre de la bicicleta de Filippo, un accidente de tráfico…

Hay otra novela, La elegancia del erizo, de Muriel Barbery, que sigue una trayectoria parecida: la bedel de un inmueble charla con una niña de 12 años en la portería; le ayuda a profundizar en el sentido de la vida y de la literatura. Renée, la portera del inmueble, también tiene un gato con el que comparte su soledad. Renée, una mañana, va a hacer la compra y por ayudar a un vagabundo en la parisina calle Del Bac, es atropellada por la furgoneta de la tintorería. Quiere Paola Peretti que Estella, la bedel de la escuela, también muera y que Mafalda sufra un accidente de tráfico.

En La elegancia del erizo, la soledad de Renée parece que va a ser compartida. Un japonés amante de la cultura viene a vivir al inmueble donde trabaja Renée y comienza así una historia de amistad. El árbol más hermoso del Japón es el cerezo. La contemplación de los cerezos en flor es una costumbre nipona.

Y el cerezo es, en El árbol de las cerezas, la alegoría de una vida mejor, otra vida más allá o más acá, donde Mafalda se vuelva a reunir con su abuela que olía a leche y caramelos y con la que hacía mermelada de cerezas. El encuentro es precisamente en el cerezo.

Imagen de JavierCanals

Mafalda es una niña normal, hija única de sus padres. Poco antes de cumplir los diez años, su oftalmóloga Olga les comunica que Mafalda sufre la enfermedad de Stargardt, una degeneración de la retina que conduce en pocos meses a la ceguera. Mafalda se da cuenta de que la oscuridad se va apoderando poco a poco de sus ojos. Lo nota en los pasos que da desde que puede distinguir el cerezo del patio de su colegio hasta que llega al árbol, en las estrellas que puede contar en el cielo nocturno, y en la importancia que van adquiriendo los olores en su vida.
La narración tiene cariz autobiográfico, pues la autora, Paola Peretti, sufre de esta misma enfermedad. El intento de reproducir el mundo interior de una niña de 10 años recuerda en muchos casos a El Principito, novela que se cita varias veces en esta obra. El gato de Mafalda, una bedel rumana del colegio, la novia india de un primo y un compañero de colegio con tendencia a alborotar son los personajes de referencia que ayudan a Mafalda a encontrar su lugar en su nuevo mundo, en el que todo es de color gris oscuro y tiende a ocultarse a su vista.
Se trata de una novela entrañable, que habla de superar las dificultades y de aceptar las propias limitaciones. Puedo recomendarla.

Imagen de amd

Novela actual, sensible y entrañable, sobre la ceguera y el afán de superación. La protagonista es Mafalda, una niña de nueve años, que está perdiendo la vista a causa de la enfermedad de Stargardt. En los últimos meses, el problema se ha ido agravando y las manchas de niebla nublan sus ojos cada vez con más frecuencia. Para huir de esta terrible realidad, la niña sueña con vivir en la copa del cerezo que hay en su colegio, cerca del espíritu de su abuela y lejos del suelo (del mundo real) que le produce tanto dolor.  

La obra está narrada en primera persona por la protagonista con toda la ingenuidad y los destellos de humor de una niña de tan solo nueve años, aunque el sufrimiento, el dolor y la oscuridad están presentes a lo largo de todo el relato. En él, la autora Paola Peretti transmite su propia experiencia, ya que ella también está perdiendo la vista. Con una gran fuerza y valentía, ambas (autora y personaje) buscan la forma de superar los miedos que se entretejen en la vida cotidiana a causa de la enfermedad.

Como afirma el editor, el libro habla “del dolor de la renuncia, pero también de la belleza infinita de la amistad y de la entrega, y de que aceptar no es lo mismo que resignarse. Una voz sensible y valiente, para lectores de todas las edades, que nos recuerda que la vida es lo más valioso que poseemos y que lo esencial (como leemos en El Principito) es invisible a los ojos”.