El horizonte

El primer encuentro entre Jean Bosmans, un aprendiz de escritor, y Margaret Le Coz se produce por azar. Años después el protagonista de la novela se pregunta si las palabras que dos personas han intercambiado durante su primer encuentro se han disipado en la nada... ¿Y si todas esas palabras quedaran suspendidas en el aire y bastase tan sólo un poco de atención para captar sus ecos? Bosmans se busca entonces en un pasado sólo re­cuperable a partir de fragmentos de vida. Anotando uno a uno los recuerdos, avanza Bosman tras los pasos no sólo de sí mismo, sino de Margaret Le Coz.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2010 Anagrama
159
978-84-339-7541
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Imagen de Azafrán

Jean Bosmans cuenta, en primera persona, su lucha personal por mantener en la memoria los recuerdos de las personas que fueron para él importantes en su vida afectiva. De entre todos los personajes, quizás, Margaret Le Coz, una joven atractiva con la que casualmente se encontró, ocupase una parte importante en su memoria como lo había ocupado en su vida.

En las primeras ochenta páginas, Modiano nos acerca, a través de la memoria de Jean Bosmans, a aquellos días compartidos con Margaret, cuando a la salida de su trabajo él acudía a buscarla y tenían que soportar los malos modos de algunos compañeros de Margaret.

“Un sábado por la noche salían de un cine de Auteuil. Ella le dijo que le parecía que un hombre los iba siguiendo.” Pág. 33

Margaret tenía sus temores al igual que Bosman. Para Margaret era un tal Boyaval que parecía perseguirla y aterrorizarla. Para Bosman, el terro se encarnaba en la figura de una anciana de pelo rojo, su madre, y un hombre con pinta de cura que hubiera colgado los hábitos o de torero de pega. Cfr. pág. 37. Ambos le perseguían para sacarle dinero.

Bosmans acompaña a Margaret a la agencia de colocaciones Steward. Así consigue Margaret un trabajo de “au pair” en casa de un profesor, para cuidar a sus dos hijos. Por entonces, Bosmans trabajaba en una librería a la que no acudía mucha gente. Comunicaba por la parte trasera con un almacén de libros, tras el cual había una puerta corredera que daba acceso a otra calle. “Bosmans había llegado a la conclusión de que aquello había sido un taller de automóviles… la librería y la editorial Le Sablier habían venido tras el taller de automóviles de l’Angle”. Pág. 56 El propietario había desaparecido durante la guerra y, después de veinte años, el gerente y contable, hablaba con medias palabras de esa desaparición. Muchos de los libros de esa editorial versaban sobre el ocultismo, religiones orientales y astronomía.

Margaret va a recoger a Bosmans a la librería y Bosmans acompaña a Margaret a su trabajo en casa de los profesores Ferne. El temor de Margaret era un temor físico, miedo a la agresión. El temor de Bosmans consistía en que su madre y el hombre que la acompañaba descubriesen su dirección, entrasen en su habitación y destruyesen los cuadernos en los que había escrito sus dos primeras novelas. Por esa razón Bosmans buscó una mecanógrafa, Simone Cordier, que le copiases sus novelas. Alguna vez se le pasó quedarse en el Hotel Seveigné, al lado de la casa de Simone Cordier y quemar los puentes: no volver a cruzar el Sena. Pero por entonces aún no conocía a Margaret.

En las siguientes cuarenta páginas, Modiano habla al lector a través de Margaret. Acaba de huir de Laussane, en Suiza, tras haberse encontrado allí a Boyaval, quien al parecer la seguía buscando.

Margaret había conocido a Boyaval en Annecy, en la Alta Saboya. Era un hombre atlético que fue apartado del equipo de esquí por una lesión. Y Margaret se había convertido en su obsesión. Era violento y ella se asustó y huyó a Laussane aprovechando una oferta de empleo de un hombre que buscaba un aya para sus hijos. Margaret fue feliz en Laussane aunque siempre temió encontrarse al hombre de su pesadilla, como así ocurrió. Salió huyendo a Paris en busca de un escondite. Su jefe, Michel Bagherian, le facilitó la huída al permitirle que estuviese en el Hotel Savigné con su respaldo económico, hasta que encontrase trabajo.

En las últimas cuarenta páginas, el lector vuelve a escuchar la voz narrativa de Jean Bosmans, situado en la actualidad. “desde aquellos tiempos, Bosmans había escrito más de veinte libros y se habían hecho progresos técnicos: dentro de un rato, la mujer le daría un lápiz USB y de ahí saldría un texto impoluto, sin las oes cruzadas con una raya, las diéresis y las cedillas de Simone Cordier. Pero ¿en realidad qué había cambiado?” Pág 126

Ahora, Jean Bosmans está decidido a buscar a averiguar cuál fue el motivo de la huida de Margaret. Así que buscó a Clement Boyaval. Regentaba una inmobiliaria. Le interrogó sobre su vida en Annecy y su relación con Margaret pero él ya había cambiado de vida.

En una cafetería reconoció a Yvonne Gaucher. Este encuentro da pie a Bosmans a contar al lector el periodo en el que Margaret trabajó para el doctor André Poutrel e Ivonne Gaucher. Cuidaba un niño. Ambos fueron detenidos por la policía por celebrar reuniones de ocultismo. Margaret se asusta porque la policía quiere interrogarla y decide regresar a Berlín. Le asegura a Bosmans que le escribirá y llamará a su llegada.

Pero han pasado veinte años desde entonces.

Bosmans regresa a la farmacia de la calle Blue, número 27, donde se vieron por primera vez  en busca de un presente eterno. El eterno retorno.

La librería-editorial es vendida y Bosmans emprende un viaje a Berlín en busca de Margaret. “Lo que pasó una vez se repite hasta el infinito”. Pág. 154

Era verano en Berlín. Bosmans encontró la dirección de Margaret. Ahora regentaba una librería de la que era cliente un norteamericano, Rod Miller, con quien habla en una cafetería. “Rod Miller le informa de que la librería está abierta hasta muy tarde.” Pág. 169