En tierra extraña

Tratado sobre espiritualidad seglar en la Iglesia. La autora caracteriza la vocación de los laicos en base a su tarea de consagrar el mundo a Dios. Subraya la necesidad que tiene el seglar de buscar la excelencia en todo lo que emprende. Pone como ejemplo el caso del joven francés Guy de Larigordie, muerto en el frente de batalla durante la Segunda Guerra Mundial. Fue un enamorado de Dios, de la naturaleza y la sociedad de los hombres.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
1958
325
mkt0003077880

Cuarta edición.

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Todo en esta obra resulta sorprendente. En primer lugar porque Lili Álvarez era conocida en España en su faceta como deportista y no como autora de espiritualidad. Sorprende porque en el momento de su publicación todavía faltaban años para que el Concilio Vaticano II comenzara a hablar de relación entre Iglesia y mundo, el papel de los laicos en la Iglesia o la espiritualidad seglar. Llama la atención que la autora no cite a un español, que evidentemente conocía y fue apostol de espiritualidad seglar, el aragonés Josémaría Escrivá. Sorpende, por último, que hayan pasado más de cincuenta años desde la publicación de éste libro (y del Concilio Vaticano II) y que se trate tan poco en la predicación de la consagración a Dios del mundo y las actividades humanas.

Comienza la autora profundizando en la diferencia entre la espiritualidad de los religiosos y seglar. Centra esta última en la consagración del mundo a Dios su Creador. Detrás de esta definición se oculta la pregunta sobre si existe una vocación específica para los laicos en el seno de la Iglesia. La respuesta de Álvarez es positiva: les asiste la vocación a conjugar lo humano y lo sobrenatural, lo contemplativo y lo profesional. La base de esta vocación se encuentra en el sacramento del bautismo e integra lo que se conoce como sacerdocio común de los fieles.

Para la autora la espiritualidad seglar es comunitaria, como lo fue la de los primeros cristianos. La contrapone al "beato", hombre o mujer que vive replegado en si mismo, imita a distancia el estilo de los religiosos y es culturalmente deficiente. El beato no atrae a los hombres hacia Cristo y puede ser objeto de escarnio para si mismo y la religión. El seglar, en cambio, por su inserción en el mundo, su calidad humana y sobrenatural ha de ser como la ciudad edificada sobre un monte, que ilumina y atrae.

 La autora escribe que en los años cincuenta, en España, la misión de los laicos era meramente negativa y minimalista: no pecar y cumplir ciertas obligaciones periódicas. Siendo esto cierto, sorprende que la autora no mencione al apostol de la espiritualidad seglar más conocido en la Iglesia en aquellos años, el sacerdote español Josemaría Escrivá. El Opus Dei, que había puesto en marcha Escrivá precisamente en España, estaba entonces configurado jurídicamente como un Instituto Secular, sin serlo realmente. Aparentemente es lo que lleva a Álvarez a silenciar la figura del sacerdote aragonés, pese a que sigue sus enseñanzas punto por punto.

Lili Álvarez había vivido fuera de España la mayor parte de su vida; ello hace que cite a teólogos y pensadores franceses como Congar, Thibón, Mounier, los Cardenales Souchard o Danielou y otros. De Alemania cita a Guardini y en España hace breves referencias a Zubiri y a J.L.López Aranguren. La autora afirma que no pretende hacer Teología pero, en ocasiones, utiliza un lenguaje entre filosófico y teológico que empaña la claridad de las ideas. También se esfuerza (siguiendo a San Pablo) por reconocer la superioridad del varón sobre la mujer de una forma que hoy no sería admitida.

El libro lleva el "Nihil obstat" del Obispado de Madrid. Pienso que fue el maremagnum teológico y clerical que se organizó después del Concilio lo que llevó a que obras como éstas cayeran en el olvido.