La leona blanca

Los electrizantes casos protagonizados por el ya célebre inspector Kurt Wallander, de la policía de Ystad, suelen recordarnos que detrás de la aparentemente pacífica y desarrollada Suecia se ocultan graves patologías sociales y psicológicas. La leona blanca no es una excepción, pues al tiempo que nos sumerge en la absorbente investigación de un horripilante crimen, cuyas implicaciones internacionales Wallander está muy lejos de sospechar, la novela discurre también por los cauces de la denuncia de la discriminación racial.

Una tarde de la primavera de 1992, la joven agente inmobiliaria Louise Åkerblom es brutalmente asesinada en una solitaria y apartada granja de Escania. Un caso difícil para la policía, pues, a primera vista, no hay un móvil claro, y todo parece indicar que la muchacha sólo vio algo que no debía ver. Una vez más, Kurt Wallander tiene que dejar de lado sus problemas personales (la soledad, la incomunicación con su hija adolescente o el agrio carácter de su anciano padre) y tratar de encajar las piezas del tremendo puzzle. Paralelamente, en la lejana Sudáfrica, una organización de extrema derecha, decidida a dinamitar el proceso antiapartheid, planea asesinar a algún dirigente político y sumir al país en el caos. Para ello contrata los servicios de un asesino a sueldo, que, ayudado por un antiguo miembro del KGB, comienza la preparación del atentado en Suecia, muy cerca de Ystad...

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2003
504
978-84-8310-237

Título original:Den vita lejoninnan. Traducción del sueco de Carmen Montes Cano.

2004
660
2008
648
978-84-8383-52
  • Encuadernación: Rústica
Valoración CDL
3
Valoración Socios
3.230768
Average: 3.2 (13 votes)
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Comentarios

Imagen de enc

En 1994 Henning Mankell se encuentra preocupado por la situación en Sudáfrica. El país evoluciona desde el régimen racista del apartheid hacia unas elecciones libres, por las que, presumiblemente, Nelson Mandela será nuevo Presidente. Pero muchas cosas pueden torcerse hasta entonces. Mankell, siempre preocupado por los problemas de África, imagina una conspiración para atentar contra Nelson Mandela. A través de una pirueta muy forzada relaciona este atentado con Suecia y el inspector Kurt Wallander: el proyectado asesino se va a preparar en Suecia de la mano de un ruso, antiguo agente de la KGB. Como consecuencia de lo anterior la novela contiene dos historias; la primera tiene lugar en Sudáfrica y trata sobre una conspiración para desestabilizar el país; la segunda se desarrolla en Suecia y en ella Wallander habrá de enfrentarse a un antiguo agente de la KGB y a un asesino africano a sueldo. Son demasiados argumentos en un volumen de seiscientas cincuenta páginas que, en ocasiones, se hacen pesadas. Resulta extraño leer esta novela veinte años después, cuando conocemos el resultado de aquellas elecciones de 1994: Mandela fue Presidente y Sudáfrica realizó una transición pacífica. Por otro lado lo más atractivo del inspector Wallander, que son la psicología del policía y el ambiente en el cual se mueve, están desdibujados en este libro. En conclusión, nos encontramos ante una novela de circunstancias, menor en la serie del inspector Wallander.

Imagen de Rubito

En esta novela mezcla ambientes y temáticas de la avanzada sociedad del bienestar del primer mundo sueco, con escenas bien documentadas y convincentes de la tensa, ambigua y sorprendente vida en Sudáfrica. De alguna manera, esos dos mundos personales y literarios de Mankell – Suecia y África - se dan aquí la mano de una manera apasionante, ágil, marcada por el interés, la acción y los problemas humanos. Quizá – como ocurría también en Los perros de Riga – se le pueda achacar un exceso de acción, una trepidación de película americana un tanto alejada de la contención que Mankell presenta en sus novelas posteriores, que aquí han aparecido editadas con anterioridad. ( de Ángel García Prieto )

Imagen de Diciembre

Hay dos niveles de lectura claramente diferenciados: uno es el que se desarrolla en torno al protagonista, Wallander, en Ystad, Suecia; el otro es el que se mueve alrededor de los servicios secretos de Sudáfrica. El primero es tan bueno como las demás tramas de la serie Wallander: minucioso con la presentación de las pistas y en el despliegue de la investigación, teje muy bien la relación entre el mundo interior del protagonista (Wallander es un personaje muy bien caracterizado) y el desarrollo de su trabajo, cosa que, a mi entender, hace muy humana la narración a pesar de –critican algunos– lo gris que queda tanto el mundo interior de los personajes como la sociedad en la que se desenvuelven; a mi entender, se objetiva muy bien el “clima” de esas sociedades. El segundo nivel lectura, no me parece tan bueno. La pretensión es de denuncia al “apartheid”, y en esto, opino, estriba el lado flojo de la novela. Los motivos pueden ser estos: el implicar como actores a personajes reales y actuales (De Klerk y Mandela) en la trama, más que ayudarle, le quitan credibilidad; me parecen mal caracterizados los personajes con los que Mankel pretende hacernos entrar –sin conseguirlo– en el drama del “apartheid” (tienen la cantidad de odio y rebeldía suficientes como para ahogar lo admirable); la carga de la denuncia que el autor hace del “apartheid” se funda más en sentimientos que en razones y las razones que da son demasiado tópicas; lo difuminada, lo poco minuciosa, que queda la acción en Sudáfrica casa mal con la detallista narración de lo que sucede en Suecia. A pesar de todo, Wallander salva la novela: un poquito más pesada que las anteriores, pero tan intrigante.

Imagen de Porto

La novela está llena de fuerza, aunque puede que le sobren algunas páginas. Destacaría dos aspectos: la denuncia de la discriminación racial que está muy bien hecha y es elocuente y la importancia de la fe. Este segundo aspecto puede pasar desapercibido y se refiere a las relaciones del inspector con el Pastor protestante y el marido de la asesinada Louise: para Wallander, que aparece como no creyente (así se ve también en otras novelas) es inconcebible la fuerza y la seguridad de la fe. Bonito testimonio