Las lágrimas de la jirafa

Cuando mma Ramotswe repasa sus cuentas a final de año, descubre que no se está haciendo rica, pero tampoco ha perdido dinero; ha tenido suerte y ha estado muy ocupada; una situación bastante parecida a su idea de la felicidad.
La fama de su agencia de detectives ha llegado a oídos de la embajada de Estados Unidos, que la recomienda a una de sus ciudadanas: la señora Curtain, cuyo hijo desapareció en el desierto de Kalahari, hace más de diez años. Michael Curtain trabajaba en la mejora de la agricultura en el árido suelo africano, cuando se esfumó sin dejar rastro. A pesar de las dificultades y del tiempo transcurrido, mma Ramotswe acepta el caso, porque sabe muy bien lo que significa perder a un hijo.
La solidaridad, la complicidad y la comprensión entre Precious Ramotswe y la señora Curtain es muy similar a la que se produce entre su prometido, J.L.B Matekoni, un hombre honrado y cariñoso, y dos niños del orfanato local a los que Matekoni siente el irrefrenable deseo de proteger.
Mma Ramotswe, la dueña de la primera agencia femenina de detectives de Botsuana, no sólo tendrá un negocio y un marido, sino una familia completa de quien ocuparse. Al fin y al cabo, en África todos somos "hermanos y hermanas" y ese es el mensaje de esta emocionante novela, que ofrece mucho más que la mera solución de un misterio, de la mano de un personaje que ha cautivado a millones de lectores en todo el mundo.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2004 Umbriel
202
2008 Punto de Lectura, S.L.
245
978-84-663-2193-8

Segunda novela de la serie. Copy del autor del año 2000.

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Las novelas de Mma Ramotswe y la 1ª Agencia de Mujeres Detectives son lecciones de ética impartidas desde el sur de África. La vida en Botswana es igual a la de Occidente sólo que más pobre. Digamos que como la de España hace un siglo. En su capital, Gaborone, hay una Agencia privada de Detectives, la de Mma Ramotswe; un taller mecánico denominado "Speedy Motors" y una joyería que se llama "El día del Juicio. Joyeros". Para mí que éste es un rótulo disuasorio porque si en algún momento no vamos a necesitar joyas será en el día de Juicio final. En fin, en Gaborone hay de todo sólo que a otro nivel. Como en las dos novelas anteriores el autor nos regala con un torrente de sabiduría y bondad africanas. Los africanos también tienen sus defectos, pero son como los de todo el mundo: gobernantes corruptos, jóvenes que no quieren trabajar, adulterios y esas cosas. Por eso las novelas de la 1ª Agencia de Mujeres Detectives no son para niños, sino para adultos con alma de niño. El autor relata la vida de Mma Ramotswe y de sus colaboradores al mismo tiempo que los casos que llegan a la Agencia, por eso es aconsejable leer las novelas de la serie en el mismo orden por el que fueron escritas y publicadas. "Las lágrimas de la jirafa" es la segunda entrega. En ella las Mujeres Detectives tendrá que investigar un caso de infidelidad matrimonial, que Mma Makutsi resolverá a su modo, así como la desaparición de un joven cooperante norteamericano con un final tierno y sorprendente.

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Mucho mas que una novela de detectives, que refleja muy bien el ser africano, con su sabia simplicidad, el tiempo africano, que nada tiene que ver con el nuestro, fluye en la novela dándole un ritmo peculiar. Una lectura absolutamente desengrasante que diría el señor J.L.B Matekoni.
Un fragmento como botón de muestra.
—A algunos les cuesta dar —afirmó mma Potokwane—. Tiene que ver con la forma en que sus madres los educaron. He leído un libro sobre este tema. Hay un médico muy famoso, el doctor Freud, que ha escrito muchos libros sobre estas personas.
—¿Vive en Johanesburgo? —preguntó el señor J. L. B. Matekoni.
—Creo que no —respondió mma Potokwane—. El libro es de Londres. Pero es muy interesante. Dice que todos los niños están enamorados de sus madres.
—Natural —repuso el señor J. L. B. Matekoni—. ¡Está claro que los niños quieren a sus madres! ¿Por qué no iban a quererlas?
Mma Potokwane se encogió de hombros.
—Eso mismo pienso yo. No veo qué hay de malo en que un niño quiera a su madre.
—Entonces, ¿por qué el doctor Freud está preocupado por eso?
—prosiguió el señor J. L. B. Matekoni—. Lo que le tendría que preocupar es que no la quisiera.
Mma Potokwane parecía pensativa.
—Sí, pero aun así le preocupaban estos chicos y creo que intentaba impedírselo.
—Eso es absurdo —replicó el señor J. L. B. Matekoni—. Seguro que tendría cosas mejores que hacer con su tiempo.
—Seguro que sí —afirmó mma Potokwane—, y a pesar de este doctor Freud, los niños siguen queriendo a sus madres, como debe ser.