Federico tiene cincuenta y tres años y cuida de su madre, parcialmente demenciada. Aurora ha cumplido los ochenta y cinco y repite una y otra vez las cosas malas que la han sucedido en la vida. En concreto, habla de otro hijo, Félix, que nunca la viene a ver.
A Federico, que había estado muy unido a ella, estos desvaríos le provocan angustia, agotamiento y un cierto sentimiento de culpa por no haberla atendido suficientemente, cuando la realidad es que prácticamente ha renunciado a tener una vida propia.
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"Tuve la suerte de tener una
"Tuve la suerte de tener una madre guapa, buena, con carácter pero también dulce". El narrador recuerda como su madre le recogía en el colegio, "me explicaba lo que había para comer y acelerábamos el paso". "Éramos una familia entera compuesta solo por dos personas, dos más uno. El uno era papá".
El padre era camionero y cuando llegaba a casa "dejábamos de existir, los horarios volvían a ser estrictos, sin cosquillas ni onzas de chocolate. [Estas] se ponían en pausa hasta que padre volvía a salir de casa". El padre falleció en 1975, en un accidente de carretera. Ahora Federico, que había estado tan unido a su madre, sufre cuando ésta le reprocha: "Has salido a tu padre, igualitos; nunca estáis cuando más se os necesita". Es injusto y Federico siente rabia, pero el médico le ha recomendado no llevar la contraria a su madre para no agravar la enfermedad.
En su juventud Aurora había pertenecido a Falange. Allí les repetían: "Haz feliz a tu esposo. El marido y tus hijos primero, luego tú. Para mantener el fuego de la felicidad se debe cumplir con el marido y entregarse a los hijos". Aurora descubrió pronto que la vida no era tan fácil. Se había casado embarazada y cuando, en la boda, quiso dar un beso a su suegra éste le retiró la cara. Era una mujer dominante que hizo sufrir a su nuera todo lo que pudo.
También Aurora ha hecho todo lo posible para espantar a las parejas de Federico; no las considera dignas de su hijo y, por otro lado, teme que éste la deje sola. Al mismo tiempo presume de no haber roto su propio matrimonio: "Con tu padre -dice- estuve toda la vida". "¿Bien?" -le pregunta Federico. "¡Qué más da! -exclama la madre. Estuvimos, que es lo que hay que hacer".
Nos encontramos ante una novela psicológica, excelente literariamente pero dura en su contenido. Máximo Huerta explica que es parcialmente autobiográfica. Una relación viciada entre madre e hijo, ciertas consecuencias de la vejez y la pérdida de memoria, y lo perjudicial que resulta quedrer guardar secretos toda una vida; hacen daño y terminan saliendo a la luz.
Máximo Huerta trata de reproducir el ambiente de la España de la postguerra, pero queda claro que el hijo de un camionero y una costurera podía cursar estudios universitarios y salir adelante con ellos. También que existían cooperativas que promovían viviendas para sus miembros, aunque no fueran excesivamente pudientes. El relato habla mal de un cura y unas monjas, pero en aquella época había muchísimos sacerdotes y religiosas, y como se suele decir "una golondrina no hace verano".
En un libro que es fundamentalmente literario y autobiogáfico, el final es excesivamente novelesco.