Federico tiene cincuenta y tres años y cuida de su madre, parcialmente demenciada. Aurora ha cumplido los ochenta y cinco y repite una y otra vez las cosas malas que la han sucedido en la vida. En concreto, habla de otro hijo, Félix, que nunca la viene a ver.
A Federico, que había estado muy unido a ella, estos desvaríos le provocan angustia, agotamiento y un cierto sentimiento de culpa por no haberla atendido suficientemente, cuando la realidad es que prácticamente ha renunciado a tener una vida propia.