Recuerdos y esperanzas

Apuntes autobiográficos del que fuera Arzobispo de Malinas-Bruselas, el cardenal León J. Suenens. Están centrados alrededor de tres objetivos que fueron importantes en su vida: El Concilio Vaticano II; las relaciones ecuménicas a través de innumerables viajes y contactos con no católicos a un lado y otro del Atlántico; y el apoyo a dos instituciones católicas: La Legión de María, fundada en Irlanda en 1921, por el laico Frank Duff; y la Renovación carismática católica, aparecida en los Estados Unidos alrededor de 1967, para hacer presentes en la comunidad católica los dones del Espíritu Santo a través de la fe y la oración.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2000 Edicep
390

Edición original de 1997.

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El cardenal Suenens fue sucesor en la sede de Malinas-Bruselas de dos grandes Obispos: El cardenal Mercier, que mantuvo entre 1921 y 1927 las llamadas Conversaciones de Malinas con representantes del anglicanismo; y el Cardenal Van Roey, del que Suenens fue Obispo Auxiliar. Relata el autor dos anécdotas sobre el cardenal Mercier que son iluminadoras de la trayectoria que después seguiría el propio Suenens. La primera se refiere al periodo en el que el autor cursó los estudios de Teología en Roma. Mercier le encomendó: "Aproveche a fondo su estancia en Roma. Traiga con usted todo lo que pueda enriquecerle. ¡Lo único que no debe traerse es… la infalibilidad pontificia!". La segunda se refiere al fallecimiento de Mercier, cuando alguien dijo de él que "sabía ocuparse con autoridad de asuntos que no le concernían". El libro "Recuerdos y esperanzas" se mueve entre la apología del autor y la inconsciencia. Están demasiado cercanos determinados hechos históricos para leer sobre ellos sin estremecerse. Por ejemplo la división de los padres conciliares entre lo que Suenens llama la "mayoría" y la "minoría". Esta división causaría mucho dolor a determinadas personas, empezando por los Pontífices llamados a equilibrar la balanza. Después del Concilio la división se prolongó por medio de las etiquetas de "conservadores" y "progresistas", y contribuyó a oscurecer el mensaje conciliar a través del llamado "espíritu del Concilio", especie de licencia-para-todo que apartaría a muchos católicos de la disciplina, la jerarquía y de la propia Iglesia. El autor presenta a esta "mayoría" -dentro de la que se sitúa a sí mismo- como llamada a liberar a los Pontífices de las cadenas con que los tenían sujetos los curiales vaticanos. Suenens debió valer mucho intelectualmente ya que S.S. Juan XXIII le encomendó reordenar los "esquemas" o documentos que habían elaborado los Organismos de la Curia para ser discutidos por los padres conciliares y que estos rechazaron como insuficientes en la primera sesión. Pablo VI designó al Arzobispo de Malinas como uno de los cuatro moderadores con los que había de contar la Asamblea y S.S. Juan Pablo II diría más tarde de Suenens que "el Concilio le debía mucho". De los múltiples problemas que el autor señala en su libro unos fueron resueltos por Pablo VI, como fue la internacionalización de la Curia romana o la imposición de un límite de edad a los Obispos para el ejercicio de su misión pastoral; Juan Pablo II señaló el ecumenismo como uno de los objetivos principales de su Pontificado; y la colegialidad episcopal se plasmó en la institución del Sínodo de los Obispos y en la potenciación de las Conferencias episcopales nacionales; pero sobre todo a través de un nuevo enfoque de la cuestión como corresponsabilidad y comunión dentro del cuerpo entero de la Iglesia. Otras cuestiones de las que trató el Concilio no han calado todavía suficientemente en el Pueblo de Dios: entre ellas podríamos citar la llamada universal a la santidad y al apostolado; la identidad propia de los presbíteros como identificación con el mismo Cristo presente en su Iglesia; o la moral sexual y matrimonial vivida como vocación a la santidad en medio del mundo. La casa editora presenta esta obra como un instrumento para los historiadores. A ello habría que añadir que no debe leerse si el lector no está preparado para encuadrar las palabras de Suenens en un marco eclesial más amplio, en el que ha habido avances y dificultades, que se fueron y se irán aclarando paulatinamente, a través de los impulsos suscitados en la Iglesia por el Espíritu Santo y siempre bajo la dirección de los Pontífices. Como ejemplo de todo ello tenemos el Pontificado del Beato Juan Pablo II que fue un nuevo inicio, una luz que borró toda huella de confusión en el interior de la Iglesia.