El profesor Jhon Armstrong (Glasgow 1966) de la Universidad de Tasmania arrancará este texto sobre el amor romántico con un recuerdo muy expresivo de la célebre tragedia de Goethe publicada en 1774 con el nombre de “las penas del joven Werther”, donde el alemán explayaba los amores imposibles de Werther con su amada Lotte, nunca correspondidos y que terminarían con el suicidio de Werther.
En seguida nos dirá Armstrong que “Goethe no inventó el amor romántico: simplemente nos ofreció una representación inolvidable y exacta de los impulsos del corazón “(11). Para, enseguida, decirnos “no entendemos estos casos como fracasos amorosos, sino como los exponentes más perfectos del amor” (12). El profesor Armstrong terminará su exposición con esta afirmación: “esta es la prueba del algodón. Buscamos una concepción madura del amor, que nos muestre su poder para aguantar el paso del tiempo” (15).
Es interesante preguntarse con Armstrong sobre qué es el amor y para qué sirve, pues lógicamente esa pregunta está ya contestada solo con el hecho de formularla; para nada y para todo: Para nada, porque el amor es el que da sentido y madurez a la existencia y para nada, pues engendrar hijos en realidad es llenarnos de trabajo y de preocupaciones (26).
Un poco más adelante, nos hablará de educar el amor, es decir, poner el amor romántico por encima de los otros amores, de modo que la primacía y el deseo de amor de donación y de buscar la felicidad del otro llegue hasta la vida eterna: “ser mejores de lo que somos” (69).
Enseguida afirmará con san Agustín: “cuidar de algo o de alguien que no sea uno mismo puede resultar inmensamente liberador. El cambio de punto de vista se explica así: comparado con la satisfacción que encontramos en el amor verdadero (que, para san Agustín, es el amor a Dios), todo lo demás pierde importancia” (87).
Volviendo a la literatura clásica, Armstrong encontrará en Ovidio y su obra “metamorfosis” el ejemplo perfecto para hablar de que “el amor es ciego” y de que puede por tanto aparecer sorpresivamente y enloquecer de amor entre dos personas tan distintas que son complementarias (111).
La necesidad de comprender a la persona amada es una faceta característica del amor verdadero y requiere una “concepción heroica de la responsabilidad que implica el amor: ayudar a la persona amada a ajustar la imagen que tiene de sí, para que haga honor a la verdad, de la cual el amante debe ser su defensor” (137). Las últimas palabras de este hermoso tratado se centrarán en el amor como “felicidad del otro” tal y como desde Aristóteles hasta nuestros días se sigue subrayando (139).
José Carlos Martín de la Hoz
Jhon Armstrong, Los requisitos del amor. Una filosofía de la intimidad, Gatopardo ensayo, Barcelona 2926, 210 pp.