Uno de los temas centrales que pretende recordar el Papa León en su primera encíclica es resaltar la dignidad de la persona humana. Con gran claridad y refiriéndose a los textos de la Sagrada Escritura y los documentos de los papas, quiere insistir una vez más en la dignidad universal, sin excepciones, de todos los seres humanos. Dignidad que no se puede comparar nunca con lo que podamos encontrar en cualquier otro ser vivo.
“Como recuerda el Concilio, el ser humano está llamado a la comunión con Dios y no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo; su vocación más profunda es la de entrar en el movimiento trinitario del amor recibido y compartido” (n. 48). Esta es la gran verdad que el hombre debe considerar constantemente: estamos llamados a la unión con Dios, con la Trinidad, y toda su vida tiene el sentido de merecer, de conseguir, de poner todo el empeño en llegar a la meta.
Al observar cómo viven muchas de las personas que nos rodean, es inevitable que nos preocupemos. Quizá no nos sorprendemos demasiado porque el materialismo está presente con excesiva frecuencia en muchos ambientes. Se piensa en vivir bien. Es decir, materialmente bien. Si pensaran en vivir espiritualmente de un modo adecuado descubrirían que el único camino es buscar a Dios, amar a Dios, desear la unión con Dios.
“En el centro de revisión cristiana del ser humano está la gran afirmación según la cual el hombre y la mujer son creados ‘a imagen y semejanza’ del Dios trinitario. Cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación. Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor y que nunca falla. Por eso, la persona humana permanece siempre como ‘el camino primero y fundamental de la Iglesia’ y el corazón de toda auténtica vía de desarrollo humano integral” (p. 53-54).
Estas palabras del Papa deberían estar muy presentes en cualquier persona que venga al mundo; para eso está la catequesis. Todo lo demás es perder el tiempo. Lo esencial de nuestra existencia es ganarnos la eternidad. Y toda la categoría que tiene cualquier persona se deriva del hecho de ser hijos de Dios. Lo sepan o no lo sepan. Lo entiendan o no lo entiendan. Lo quieran o no lo quieran. La auténtica felicidad del hombre depende de su sentirse hijo de Dios.
Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o erróneas que toma, sino que es un don que las precede y la excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla.
Ángel Cabrero Ugarte