"Cuidad vuestro vocabulario como si fuera vuestra cuenta corriente", aconsejaba Joseph Brodsky en la lección que impartió en 1988 con motivo de la graduación de los alumnos de la Universidad de Michigan, en la que había estudiado. Excelente consejo, que parece aún más necesario veintisiete años después, porque la pobreza de vocabulario, la dificultad de comprensión aumentan, si nos fijamos en los estudios y las estadísticas recientes sobre el estado de la enseñanza en España, y en la  experiencia diaria de tantos profesores.

                Para lograr ese objetivo, el premio Nobel de literatura de 1987 aconsejaba a sus oyentes que tuvieran siempre a mano un diccionario y no dejaran ningún día de consultarlo; y sugería, además, otra medida: que leyeran poesía de cuando en cuando. El primer consejo está al alcance de la mayoría, gracias a los avances técnicos que nos permiten almacenar un diccionario en el móvil. El segundo dependerá de la iniciativa, del interés y del esfuerzo de cada uno.

La lectura del texto de Brodsky ha coincidido con la relectura por mi parte de la Epístola moral a Fabio del capitán Andrés Fernández de Andrada y de las Églogas de Garcilaso de la Vega, cumbres de la poesía en lengua castellana. He comprobado una vez más que nunca se llega tan lejos ni tan alto con la palabra como con el lenguaje poético de calidad. El poeta exprime las posibilidades del significado, del ritmo, de la imagen, de la síntesis de cada palabra, en una búsqueda a veces agotadora y no siempre lograda para encontrar el término adecuado. Tomemos como ejemplo los siguientes versos de Garcilaso: "en el silencio solo s'escuchaba // un susurro de abejas que sonaba". Bastaría con haber dicho: "zumbaban unas abejas". Sin embargo, con el ritmo de los versos endecasílabos, con la rima consonante y con la aliteración (repetición de determinados fonemas, aquí la s), el poeta reproducen en el verso el zumbido del que nos habla, es decir logra la síntesis entre espíritu y materia propia del lenguaje poético.

Por lo dicho anteriormente, me parecen completamente desacertadas expresiones que se escuchan o leen a veces –a menudo en boca de los políticos–, como "esto no es poesía", "dejémoslo para la poesía", "no estamos para poesías"…, como si se tratara de algo ajeno a la realidad, pura bambalina o fuego de artificio, propio de gente rara o poco madura. Sin embargo, se trata de todo lo contrario, porque la poesía auténtica nos interpela sobre lo esencial, nos incomoda o nos asombra o nos conmueve, pero nunca nos deja indiferentes. Prueben, por ejemplo, leyendo o releyendo las célebres  Coplas manriqueñas, cuyo motivo, como señalaba José Ángel Valente, podría resumirse en un telegrama que dijera: "papá ha muerto"...  

 

Luis Ramoneda