Septiembre de 2017, 16:30

Hotel Aitana

Madrid

Septiembre, 2017

Guerra y paz

Tolstoi, León

Con la campaña napoleónica contra Rusia como trasfondo -Austerliz, Borodino o el incendio de Moscú- entre los años 1805 y 1813, se nos cuenta la historia de dos familias de la nobleza rusa, los Bolkonski y los Rostov, protagonistas de un mundo que empieza a escenificar su propia desaparición.

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Sin duda no se puede comparar fácilmente con otras novelas. Es sencillamente apoteósica. Dos aspectos que me parecen dignos de subrayar: Por un lado la caracterización de personajes. En la edición que he utilizado trae, al final, la relación sucinta de todos, unos 200. En la obra aparecen perfectamente caracterizados, cada uno con sus rasgos personales. Es sorprendente el ejercicio psicológico que supone meterse en todas esas personas, más o menos protagonistas de la acción. Sobre todo en los más notorios, Natasha, el principe Andréi, Pierre, la princesa María, etc. consigue el autor que el lector los sitúe cercanos. Sabe como van a reaccionar. Su mentalidad cristiana y profundamente humana es, desde luego, una sorpresa agradable. Por otra parte es indudable que Tolstói quiere meternos en los hechos, y consigue que el lector occidental termine viendo la historia desde Oriente, comprendiendo que hay puntos de vista distintos. El horror de las batallas y de los movimientos de los ejércitos resulta pavoroso para una mentalidad pacifista del siglo XXI, y consigue una reflexión sobre los porqués. Es imposible quedarse indiferente después de esta lectura, y tiene uno la impresión de que difícilmente se puede encontrar otra obra semejante.

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Decía Italo Calvino, en sus "Seis propuestas para el nuevo milenio" (que en realidad acabaron siendo cinco, pues murió mientras preparaba estas conferencias que nunca dictó en Harvard) que la brevedad y la levedad eran dos presupuestos fundamentales para la novela de este siglo que ya recorremos. Me quedo con estas novelas, que no son precisamente ni leves ni breves. Profundidad, hondura, peso. La vida. No dejéis de leerla, si todavía no lo habéis hecho. Me ha proporcionado algunos de los ratos más placenteros en estos meses. El año pasado me leí El Idiota. Cuando lo acabé pensé que nunca iba a volver a leer una novela mejor de las que ya había leído (no me quedaba ningún libro de Dostoievski por descubrir). Me equivoqué y le doy la razón a Mario Vargas Llosa, aunque me cueste; de los rusos, me quedo con Tolstoi.

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Siempre es ocasión para volver la mirada y festejar con nuevas voces, estudios y palabras la obra de uno de los grandes autores de la Literatura Universal. Especialistas, profesores y críticos han asistido al gran encuentro que sobre Leon Tolstói se celebró a finales de agosto en Yásnia Polaina, su ciudad natal; y en Moscú se preparan nuevas celebraciones con motivo del 175 aniversario del nacimiento del autor. También en España está a punto de salir la traducción de la segunda parte de sus diarios, los que cubren sus tormentosos años finales; la primera parte se publicó en el 2002. En la prensa española asistimos al reverdecer de un interés por los libros de este "conde que quiso ser mujik". Carlos Pujol afirmaba (Blanco y Negro Cultura, 23 de agosto de 2003) que "quien no ha leído Guerra y paz no ha leído nada". Y añadía a propósito de esta novela: "un logro único de novela absoluta, donde está todo lo imaginable y muy bien: el sentido de la vida, la interpretación de la Historia, el alma y el cuerpo de su país, una multitud de magníficos personajes, docenas, cientos, conmovedores, llenos de verdad imprevisible".

La afirmación de Pujol respecto a la multitud de personajes que aparecen en las páginas tolstóianas no debe confundirnos, no estamos ante una galería innumerable de seres amontonados. Mas bien al contrario, todos tienen la trayectoria clara que les concede un gran narrador. Es cierto que la intención de Tolstói es mostrar el movimiento histórico que abarca los años que van desde 1805 (la derrota de Austerlitz), pasando por la batalla de Borodino en 1812, hasta llegar a la toma y el incendio de Moscú por Napoleón. Además, describe los movimientos que agitan la sociedad rusa: la banalidad y desorientación de la aristocracia, el orgullo del ejército ruso o el mundo -reflejado más de refilón y con menor detenimiento- de los siervos y los campesinos. En el corazón de este universo inmenso, Tolstói sitúa a una serie de criaturas que aportan la necesaria experiencia. Sin los personajes, la novela no sería tal, la paz se convertiría en una suma de estudios sociológicos, a lo sumo psicológicos y la guerra en memoria histórica. Precisamente porque se trata de una novela, los personajes unifican en la experiencia los sucesos históricos y sociales con la conciencia que de ellos tienen los seres de ficción, siempre bajo el diseño previsto por el narrador. De hecho uno de los méritos de las obras de Tolstói es la de lograr un orden y claridad extraordinarias en su sobreabundancia narrativa, logro que se debe a esta unidad entre la configuración de los personajes y las circunstancias en las que están inmersos. Un ejemplo elocuente es el de los sentimientos de Napoleón sobre la ciudad de Moscú antes de tomarla, sentimientos que se combinan con los del narrador, uno y otro se conmueven admirados por la belleza femenina de la ciudad: "A la vista de tan extraña ciudad, con su arquitectura exótica, Napoleón experimentó esa curiosidad un tanto envidiosa e inquieta que suele invadir a la gente en presencia de formas de vida ajenas e ignoradas (...) sentía palpitar la vida en la ciudad y hasta, por así decirlo, la respiración de aquel cuerpo enorme y bello. Todo ruso, al mirar a Moscú, ve en ella a una madre. Todo extranjero que la contemple, aunque no vea en ella a una madre, debe percibir su carácter femenino. Y así lo sintió Napoleón" (p. 1049). Los umbrales entre historia y ficción se traspasan con ejemplar naturalidad y extraordinaria belleza.

La conciencia de la historia rusa y el conflicto personal se realiza plenamente en el príncipe Andrei Bolkonski. Su corta pero intensa vida participa de la guerra y la paz que envuelve a todos los personajes, al mismo tiempo Bolkonski sufre su propia guerra y anhela la paz para sí. Hijo de uno de los valerosos hombres de la vieja Rusia que aparece elegíacamente representada en la novela -tras el vendaval napoleónico nada será igual- es probablemente un descendiente de la Rusia que amó Tolstói y que sabía que moría. Además es uno de los personajes favoritos del autor. La preferencia se muestra en la trayectoria que se le concede: el príncipe Andrei hace su aparición en las primeras páginas de la novela y su peripecia no llega hasta el final de la historia. Se salva de este modo de la degradación generalizada que Tolstói reparte entre sus personajes. La alegre Natasha, el bondadoso Pierre, los condes Rostov, el viejo príncipe... son figuras ricas si bien sometidas a un paso del tiempo que degenera y envilece; un devenir temporal que va secando los ideales, el júbilo de la juventud, la templanza de la madurez, la grandeza de ánimo, etc. Tal y como señala Steiner: "Tolstói ensombrece nuestra imagen de sus personajes con una excesiva franqueza. El efecto es casi macabro, como en esos retablos españoles donde vemos al mismo personaje pasar del esplendor al polvo a través de sucesivas etapas de decadencia" (Tolstói o Dostoievski, Siruela, 2002, p.118). El proceso del príncipe Andrei contradice de un modo notorio esta serie de trayectorias de los personajes tolstóianos, su muerte prematura interrumpe la pérdida paulatina de su humanidad y, en este sentido, su figura cobra un carácter excepcional y se destaca del resto.

La guerra acompaña al príncipe desde el principio y sus batallas se establecen a dos niveles: la guerra contra Napoleón y su guerra personal. Una y otra se entrecruzan en la experiencia del Príncipe y por esta razón su figura se convierte en el emblema de la estructura de la novela. El lector recordará o podrá leer, según el caso, la entrada de Bolkonski en el salón de aristócratas de Anna Pávlovna: "Un nuevo invitado entró en la sala. Se trataba del joven príncipe Andrei Bolkonski (...) era un joven de baja estatura, hermoso, de enérgico rostro y rasgos secos muy acentuados. Todo era en él un vivo contraste con su pequeña esposa, tan viva; desde su mirada cansada y aburrida hasta su paso lento e igual. Parecía conocer a todas las personas reunidas en la sala y que esto le fastidiaba tanto, que hasta le resultaba muy desagradable mirarlas y escucharlas. De todos aquellos rostros, el que más tedio parecía producirle era el de su graciosa mujer. Separóse de ella con una mueca que no concordaba con su hermoso rostro" (p. 17). Desde el inicio y de una manera repetitiva, se pondrá de manifiesto la contradicción -o batalla- de este personaje, hermoso y, al mismo tiempo, descontento e insatisfecho.

La batalla interior continuará, abandona a su familia para ir a la guerra y allí experimenta sentimientos opuestos entre su admiración por Napoleón y su amor por Rusia, se siente confundido entre la belleza de la naturaleza y la desolación que produce la contienda... es un personaje en lucha. Durante la batalla de Austerlitz, arrebatado por un deseo de reconocimiento, busca la satisfacción en la gloria militar, y piensa: "Mañana puede ser, incluso estoy seguro de ello, lo presiento, habré de demostrar todo lo que soy capaz de hacer (...) sí ambiciono la gloria, sí quiero que los hombres me conozcan y amen (...) A nadie se lo confesaré jamás, pero, Dios mío, ¿qué le voy a hacer si no amo más que la gloria y el amor de los hombres? La muerte, las heridas, la pérdida, de muchos hombres, de mi padre, de mi hermana, mi mujer, los seres que me son más queridos; pero por terrible y contrario a la naturaleza que parezca, yo lo entregaría todo por un momento de gloria". Así será y como un héroe enarbola la última bandera de su batallón, poniendo en peligro su vida. Pero tras la heroicidad que le llevará a ser prisionero de las tropas napoleónicas, sufre la decepción y comprende que el afán de gloria no es suficiente para poseer ni un instante del sentido de la vida: "Todo era inútil y mezquino comparado con el severo y majestuoso orden de las ideas que habían llegado a él con el agotamiento de sus fuerzas debido al dolor, a la pérdida de sangre y a la espera de una muerte próxima. Mirando a los ojos de Napoleón, el príncipe Andrei pensaba en la nulidad de sus grandezas y de la vida, de una vida cuyo sentido nadie podía comprender; en la nulidad aún mayor de la muerte, cuyo significado ningún viviente podía penetrar ni explicar".

Su casi milagrosa vuelta a casa le presenta nuevas batallas, se entera de que su mujer ha muerto y se siente culpable de la infelicidad de su esposa. Y así, no pudiendo soportar el dolor de sus límites, decide retirarse de la vida, decisión que le confiesa a su amigo Pierre, conde de Bejuzov: "Al contrario, debemos procurar que la propia vida sea lo más agradable posible. Yo no tengo la culpa de vivir; por tanto debo vivir lo mejor que pueda sin molestar a nadie, hasta que llegue la muerte" (p. 466). La guerra del príncipe se polariza entre la búsqueda de satisfacción y de sentido y la amarga decepción que le hace elegir una deliberada pasividad. Es como si su alternativa existencial estuviese entre la vida alegre pero oscura de sentido y el descendimiento hacia la abstinencia de vida, sin exigencias, sin dolores... en cierto modo, el adelantamiento de la muerte.

Más adelante estaremos de nuevo ante estas oscilaciones, el príncipe quiere encerrarse y, sin embargo, la realidad testaruda e hiriente vuelve a despertar a Andrei. Primero a través de la amistad con el conde de Bezujov: "Por primera vez desde Austerlitz vio aquel cielo alto e infinito que contemplaba cuando estaba tendido en el campo de batalla. En aquel instante despertó algo alegre y joven en su alma, algo que llevaba tiempo adormecido, lo mejor que había en su ser(...) La entrevista con Pierre iba a ser para el príncipe Andrei, a pesar de que él no cambiara exteriormente, el comienzo de una nueva vida en lo más íntimo de su alma" (p. 472). Más tarde la joven Natasha despierta su deseo de vivir. Esta muchacha, como un nuevo impulso alegre y bueno de vida, despierta lo mejor del príncipe Andrei. Probablemente las páginas dedicadas a la discreta y tensa relación entre ellos sean las más luminosas del libro. Una relación que Bolkonski describe así: "-Si me lo hubieran dicho, nunca habría creído que podría amar así. Esto no se parece en nada a lo que haya sentido en otro tiempo -decía- ; para mí, el mundo está dividido en dos partes; una es ella, y ahí está la alegría, la esperanza, la luz; y la otra donde no está ella, y eso es la tristeza, son las tinieblas" (p. 575).

La luminosidad de su relación está pendiente de un hilo, y sin que se pueda restar un ápice a su pureza, parece amenazada por la oscuridad (el viejo príncipe se opone a la boda, el compromiso no puede ser público...). De nuevo la guerra del príncipe se concreta en el drama de un amor feliz y triste. A través de la relación de Natasha y Bolkonski se muestran esos dos polos del amor, la felicidad y el dolor: "Sentíase a un tiempo feliz y triste. No tenía razón alguna para llorar, pero las lágrimas estaban a punto de brotar de sus ojos. ¿Por qué? ¿Por su amor de otros tiempos? ¿Por la princesita Lisa? ¿Por tantas desilusiones? ¿Por sus esperanzas en el porvenir?... Sí y no. Lo que sobre todo despertaba aquellas lágrimas era la violenta contradicción que de pronto advirtiera entre algo infinito e impreciso que habitaba en él y esa materia estrecha, corpórea, de que él y también ella estaban constituidos. Era esa contradicción lo que le oprimía y llenaba de felicidad mientras Natasha cantaba" (p.565). La lucha se establece entre el amor por la vida que se le ofrece y el sentimiento de su infinitud que siempre aparece caracterizado por su imprecisión, por su ambigüedad, por su extrañeza. Steiner en el libro citado comenta el paganismo de Tolstói en el que "Dios se halla extrañamente ausente"(ob. cit., p. 89). Se podría añadir que en el caso del príncipe el sentimiento del infinito es constante aunque parece que éste solo es posible donde acaba la vida. Es como si Dios fuese una instancia lejana y abstracta a la que tendiese todo pero que no fuese pertinente para la vida que se basta en sus leyes de nacimiento, decadencia y muerte.

Tras la traición de Natasha, los amantes se separan, esta nueva decepción de Bolkonski será la más amarga ("Era como si aquel firmamento infinito que se elevaba sobre él se hubiera convertido repentinamente en un cielo bajo y definido, que lo oprimía, en el que todo era claro y no había nada eterno y misterioso" (p .755). Vuelve al campo de batalla para olvidar su guerra y arrebatado por ese vitalismo con el que está retratado cae herido. A pesar de todo se siente deudor de la vida que aunque no comprende, ama: "¿Es la muerte? (...) No puedo, no quiero morir. Amo la vida, amo esta hierba, la tierra, el aire (...) ¿Qué me ocurrirá allí, y qué es lo que ha sucedido aquí? ¿Por qué sentía tanto dejar la vida? Tal vez había algo en esta vida que nunca comprendí y que no comprendo aún..." No comprende la vida pero la ama. En Bolkonski, Tolstói hace descansar su vitalismo: la vida con sus alegrías, esfuerzos, desilusiones, afanes y dolores... es deseable y sin embargo el porqué sea amable parece escapársele de entre las manos. El conocimiento de las razones por las que se puede amar se le oculta.

Las casualidades nada fortuitas de una novela, que domina un narrador omnisciente como Tolstói, llevarán al héroe al reencuentro con su amada. El autor ruso no ha parado de proteger a este personaje favorito y al final de su camino lo ha querido salvar de la degradación con una muerte caracterizada por el desapego y la tranquilidad. Solamente en alguna ocasión volverá su rostro hacia Natasha para manifestarle su amor. "Nadie me proporciona tanto silencio como usted, tanta seguridad, tanta luz... Quisiera llorar de alegría" (p.1182). Pero lo que prima es una especie de abstinencia de la vida: "Antes había tenido miedo al fin. [Pero] cuando volvió en sí después de ser herido, en su alma, momentáneamente desprendida del peso de la vida, floreció el amor eterno, libérrimo, que no procedía de este mundo. Y desde entonces no tuvo miedo a la muerte ni pensó más en ella" (p.1180). Cosa que ya anunciaba al inicio de su peripecia cuando tras haber sido herido por primera vez y contemplando el escapulario que le ha regalado su hermana, la princesa María, proclama: "Nada, nada es cierto, fuera de la pequeñez de cuanto me es comprensible y la majestad de aquello que es incomprensible, pero que es lo más importante de todo" (p. 356). Rechaza la forma humana de Dios, la imagen de Cristo en el escapulario. Al príncipe le parece insalvable la barrera entre sus afanes -comprensibles- y el destino -incomprensible- por eso, guerra y paz son irreconciliables. Es como si la guerra del príncipe estuviese huérfana de sentido aunque lo anhela y su paz estuviese ausente de drama. O lo que es lo mismo, la vida -guerra- es el torrente arbitrario de dolores y alegrías y la calma -o paz "sui generis"- es tan abstracta y desapegada de los hechos que han marcado su camino que se hace poco veraz y menos deseable. Tolstói quiere salvar al príncipe pero lo hace en una calma átona y ataráxica.

Texto: Guadalupe Arbona Abascal (en www.revistacalibán.org)