Martes nueve de junio, poco antes de la cena, recibo un mensaje de un amigo que vive en otro país, en el que me pide que le sugiera alguna novela. A vuela pluma, y teniendo en cuenta sus preferencias, le remito los siguientes títulos: El agente secreto de Joseph Conrad; Cristina, hija de Lavrans de Sigrid Undset; Una letra femenina azul pálido de Franz Werfel; Un puente sobre el Drina de Ivo Andric; La marcha Radetzky de Josep Roth; y La comedia humana de William Saroyan. A la mañana siguiente, recibo un mensaje en el que me dice que los ha leído todos excepto el de Conrad. Me alegro y, en la respuesta, le sugiero otras novelas: Adam Bede y El molino del Floss de George Eliot; La edad de la inocencia de Edith Wharton; Mi Ántonia de Willa Cather; El jardín de los Finzi-Contini de Giorgio Bassani; y El alcalde de Casterbridge de Thomas Hardy.