La Nación liberal

 

El catedrático de historia del arte de la Universidad Autónoma de Madrid, Carlos Reyero, ha redactado un magnífico trabajo sobre la constitución liberal de Cádiz. Una profundización en el concepto de nación, junto con un estudio iconográfico, en las ilustraciones y textos de aquella época. Es impresionante la narración de los reinos y territorios que conforman la nación española tomando como base el artículo 10 de la Constitución de las Cortes de Cádiz de 1812 (12). Ciertamente, el efecto beneficioso de las conquistas napoleónicas en toda Europa y África fue el reforzamiento de los sentimientos nacionalistas que aunaron aquellas naciones que veían peligrar su libertad (32).

A lo largo de las páginas de este interesante trabajo es mostrar una “Verdadera obsesión de los liberales fue la configuración de unos símbolos inequívocamente españoles que reflejasen su pensamiento nacionalista” (43). Es interesante la procesión que recorre Cádiz en julio de 1820 cuando Fernando VII jura la constitución en las Cortes (45).

Asimismo, nuestro autor muestra los equilibrios de los liberales  con parte del clero y también “La adaptación al lenguaje constitucional de referentes religiosos se puede analizar en dos plano diferentes, uno que afecta a la comprensión intelectual del proceso como empresa trascendental, y, por tanto, sagrada, lo que tiene sus consecuencias visuales y, sobre todo, rituales; y, otro, más concreto, que implica la utilización precisa de símbolos procedentes de la religión para dar trascendencia al texto constitucional” (69).

Respecto a los enemigos de la constitución que van apareciendo con el tiempo hemos de recordar que se tratan de colectivos vaporosos como un término tan genérico como los “afrancesados”, también las tropas napoleónicas, el despotismo ilustrado, etc. puesto que la mayoría del pueblo acogió el liberalismo de corte católico y respetuoso con la Iglesia (103).

Algunos clérigos y religiosos partidarios del Antiguo Régimen intentaron tímidamente oponerse a la Constitución liberal y salieron mal parados, pues las guerras carlistas manifestaron prontamente que sus partidarios estaban en minoría: los tiempos habían cambiado (109) y, sobre todo, los principios de la libertad establecidos por Vitoria habían triunfado en Estados Unidos, en Francia, en Inglaterra y en toda Europa incluso en España.

La traducción de los principios liberales a la acción de gobierno siempre estaba dirigida a lograr el favor del pueblo soberano donde radicaba el poder: “El pensamiento ilustrado está presidido por la idea de felicidad pública. La persecución de ese objetivo ya trasladar al ámbito terrenal la realización del ser humano, frente a la gloria en el más allá, prometida por la Iglesia” (134).

José Carlos Martín de la Hoz

Reyero, C, (2010), Alegoría, nación y libertad. El olimpo constitucional de 1812, Siglo XXI, 235 pp.