Raúl M. Mir Coll ha abierto tanto su alma al escribir esta semblanza novelada de san José que ha dejado al descubierto su intimidad y el calor de hogar luminoso y alegre del taller-casa de san José.
Mir ha tenido la valentía de abrir su alma, pues lo que se escribe en este trabajo no es fruto de sus muchas lecturas, ni de una imaginación calenturienta sino de un corazón con mucha fe, una vida de piedad recia y sincera y una mano movida por el Espíritu Santo.
Una vez más, me he vuelto a convencer que el celibato apostólico no necesita ser explicado ni pregonado, ni argumentado, basta con que volvamos a leer el célebre texto del evangelio: “No temas recibir a María tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo” (Mt 1, 20).
Efectivamente, con ese anuncio José entra en el misterio de la salvación (37) como nosotros en el de la Redención y somos constituidos Hijos en el Hijo, como José fue constituido en “pater familiae”.
Es muy interesante la exposición de la cotidianidad de José en el taller, como sería luego, durante siglos y hasta el día de hoy la vida corriente de la mayoría de los miembros de la Iglesia: la grandeza de la vida corriente, llena de luz y de calor hecha a base de muchos actos de amor que iluminan impresionantemente el mundo desde dentro.
Precisamente, hace unos días me preguntaban en un programa de Radio Nacional de España sobre las cuatro grandes doctoras de la Iglesia, con motivo del año internacional de la mujer, cuál era el significado teológico de santa Teresita del Niño Jesús. La respuesta es muy sencilla: el camino de hacer las cosas por amor de Dios y amor a las almas.
Realmente, la poesía que encierran estas líneas es, en muchos momentos, casi lírica, y siempre conmovedora, especialmente manifestada en algunos diálogos sencillos a la vez que corrientes de los dos más enamorados de la historia: “Porque la fe de uno había tocado la fe del otro y, juntos, sin comprenderlo del todo, caminábamos hacia el cumplimiento” (56).
Con enorme sencillez y libertad creativa se expondrán los grandes misterios de la fe: “el cielo se inclinó sobre la tierra. El Amor se hizo carne. Y nosotros, dos humildes siervos, fuimos testigos de su venida” (101).
Quizás uno de los grandes méritos de esta novela estriba en que todo es previsible y que es perfectamente lógico que lo que narra sucediera realmente así: “A veces te veo callado mientras los demás discuten. No es desinterés. Es que escuchas de otra manera. Como si dentro de ti hubiera algo que espera, que madura, que aún no puede decirse del todo..., pero arde” (198).
José Carlos Martín de la Hoz
Raúl M. Mir Coll, El Evangelio secreto de José de Nazaret, ediciones san Pablo, Madrid 2026, 277 pp.