Jesús de Nazaret (segunda parte)

De ti ha dicho mi corazón: «Busca su rostro». Sí, tu rostro, Señor, es lo que busco; no me ocultes tu rostro, no rechaces irritado a tu siervo. -Salmo 27, 8-9.
«He intentado presentar al Jesús de los Evangelios como el Jesús real, como el "Jesús histórico" en sentido propio y verdadero. Estoy convencido, y confío en que el lector también pueda verlo, de que esta figura resulta más lógica y, desde el punto de vista histórico, también más comprensible que las reconstrucciones que hemos conocido en las últimas décadas. Pienso que precisamente este Jesús -el de los Evangelios- es una figura históricamente sensata y convincente.

Sólo si ocurrió algo realmente extraordinario, si la figura y las palabras de Jesús superaban radicalmente todas las esperanzas y expectativas de la época, se explica su crucifixión y su eficacia. Apenas veinte años después de la muerte de Jesús, encontramos en el gran himno a Cristo de la Carta a los Filipenses (cf. 2,6-11) una cristología de Jesús totalmente desarrollada, en la que se dice que Jesús era igual a Dios, pero que se despojó de su rango, se hizo hombre, se humilló hasta la muerte en la cruz, y que a Él corresponde ser honrado por el cosmos, la adoración que Dios había anunciado en el profeta Isaías (cf. 45,23) y que sólo Él merece.

La investigación crítica se plantea con razón la pregunta: ¿Qué ha ocurrido en esos veinte años desde la crucifixión de Jesús? ¿Cómo se llegó a esta cristología? En realidad, el hecho de que se formaran comunidades anónimas, cuyos representantes se intenta descubrir, no explica nada. ¿Cómo colectividades desconocidas pudieron ser tan creativas, convincentes y, así, imponerse? ¿No es más lógico, también desde el punto de vista histórico, pensar que su grandeza resida en su origen, y que la figura de Jesús haya hecho saltar en la práctica todas las categorías disponibles y sólo se la haya podido entender a partir del misterio de Dios?»
Benedicto XVI

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2011
400
978-84-9920-130-6
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4
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S.S. Benedicto XVI, en el Prólogo a esta segunda parte de ‘Jesús de Nazaret’, explica cuál ha sido su objetivo al emprender esta obra: "Comprensión esencial de la persona de Jesús y su mensaje" (pág.6); "Llegar a la certeza de la figura realmente histórica de Jesús" (pág.9); "Acercarme a la figura de Nuestro Señor de una manera que pueda ser útil a todos los lectores que desean encontrarse con Jesús y creerle" (pág.10). ¿Por qué escribe esto el Pontífice? ¿Es que acaso durante veinte siglos los cristianos han estado engañados sobre la Persona divina y humana de Jesús, Hijo de Dios encarnado y Segunda Persona de la Santísima Trinidad? De ninguna manera; se trata de que –explica el autor- hace ya dos siglos que teólogos y escrituristas, católicos y no católicos, han especulado con el texto revelado a fin de situarlo en la historia de su tiempo y en la de las religiones, singularmente del judaísmo; han intentado conciliar las discrepancias de tiempo lugar o expresión que en ocasiones se encuentran en los evangelistas, o buscado conocer la relación que guardan las palabras de Jesús con las definiciones posteriores del magisterio, con la teología o la vida de la Iglesia. Este método de investigación, denominado histórico-crítico, es legítimo conociendo sus límites, pero puede incurrir en errores como el de afirmar que el Jesús en el que creemos y cuya imagen ha llegado hasta nosotros es una creación de la Iglesia primitiva y no guarda ninguna relación con el personaje histórico. Benedicto XVI señala como "una hermenéutica (o conocimiento del Jesús) de la fe es conforme con el texto revelado y puede unirse con una hermenéutica (o interpretación) histórica para formar entre ambas una totalidad" (pág.7). El autor advierte que no ha escrito un libro de devoción, una vida de Cristo, ni un tratado de Cristología, sino que ha tratado de realizar un estudio de compatibilidad de las fuentes: la fe y el estudio histórico-crítico de los textos, para concluir que ambos conducen al mismo lugar. Nos encontramos, por lo tanto, ante una obra fundamentalmente para especialistas en esas investigaciones, ya que la inmensa mayoría de los creyentes jamás se ha planteado que los Evangelios, escritos por testigos de los hechos que narran, apoyados en la Tradición, custodiados amorosamente por la Iglesia, explicados por los Padres, con la asistencia del Espíritu Santo, no contengan todo lo que los cristianos tienen que conocer sobre el Verbo de Dios encarnado.