Quiero morir por algo

Autobiografía de Joseba Elósegui, que fue capitán de gudaris (soldados vascos) durante la Guerra Civil española. El autor fue testigo de la destrucción de Guernica, la caída de Bilbao y otras acciones de guerra hasta que el ejército vasco se rindió. Exiliado en Francia, durante la Segunda Guerra Mundial se dedicó al espionaje a favor de los aliados. En 1970, en San Sebastián, Elósegui se prendió fuego en presencia de Franco (en la foto). Ello le costó días de hospital y años de carcel. Al llegar la democracia fue Senador del PNV entre 1979 y 1989. Falleció en 1990.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
1977
272
84-01-34049-7
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3
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Dicen que no hay que juzgar antes de haber escuchado a las dos partes y Elósegui nos proporciona la versión de los nacionalistas vascos sobre la Guerra Civil española. Para el autor se trató de un enfrentamiento entre españoles, en el que los vascos fueron agredidos sin motivo y tuvieron que defenderse.

Elósegui incurre en un error común entre los nacionalistas. Imaginar un país del cual éllos serían los únicos representantes. Pero el autor tenía más razones que nadie para saber que la ideología nacionalista no representaba a todo el pueblo vasco, y es que de los cinco hermanos Elósegui tres lucharon en el ejército vasco y dos con los insurgentes. Uno de los primeros murió (pag.204). Para ellos la Guerra Civil fue realmente una guerra fratricida. Ideológica y no étnica. El autor reprocha a Franco la poca delicadeza de poner a unos vascos a luchar contra otros vascos. Y es que la guerra, en efecto, es muy poco delicada.

Por otra parte un país, un pueblo, un Estado, no flota en el aire, sino que se mueve en un entorno geográfico e histórico. En 1936 el contexto del pueblo vasco era la II República española y el PNV se integró en el Frente Popular. A su vez la República se movía en el ámbito europeo donde dos grandes potencias, Alemania y Rusia, amenazaban la paz. La República se alineó con Rusia y los insurgentes con Alemania e Italia. Así fueron las cosas y soñar con la neutralidad de una parte de un Estado resulta ilusorio.

El autor reprocha a la Iglesia española y al Vaticano que se posicionaran a favor de Franco. Alega que en el territorio vasco se respetaba la libertad religiosa y la vida de los sacerdotes. Nuevamente parece desconocer lo que pasaba en el conjunto del territorio dominado por la República, en el que la realidad era la contraria. Él mismo narra el caso de unos santanderinos que fusilaron al cura de su localidad y lo dejaron por muerto. Pero no había muerto, y cuando entraron los nacionales en la localidad denunció a sus agresores que, esta vez sí, fueron fusilados. ¿Hay alguien que pueda reprochar al sacerdote por posicionarse a favor de los que salvaron su vida?

En 1977 Elósegui escribe: "La paz es la mejor prenda del hombre. Es preciso trabajar para la paz y luchar por ella si fuera necesario, por la convivencia pacífica entre los hombres, comprometiéndose al respeto mutuo de los derechos de cada uno. Es preciso luchar con empeño por lograr una mejor cultura de los pueblos dentro de los cauces legales que la democracia debe ofrecer a todos" (pág.204). Los derechos humanos están perfectamente definidos aunque no sean universalmente respetados. El próximo paso tiene que ser la definición de los derechos de los pueblos y las minorías, de forma que éstas no se sientan agredidas por el hecho de convivir en Estados de ámbito superior con distintas raíces, tradiciones o culturas. Pensemos, por ejemplo, en la antigua Yugoslavia. El enfrentamiento y la atomización de los Estados no es la solución.

El libro es interesante, siempre que nos demos cuenta de que ofrece la visión de una de las partes en la dialéctica nacionalista.