Cautivado por la alegría

Cautivado por la Alegría es el libro en el que Lewis cuenta su conversión del ateísmo al cristianismo. Se trata de una historia, como dice el propio autor, «insoportablemente personal». Una vez que se ha comenzado a leerla, cuesta trabajo interrumpir su lectura; como ocurre con toda historia verdadera, como ocurre siempre que un escritor sabe «crear» un mundo, sea éste ficticio o real. Los lectores de Lewis saben que él es un autor genial en ambos casos. La historia de esta conversión se lee sin apenas darse cuenta de que se está recorriendo un largo camino: desde los juegos de la infancia a las emociones de la adolescencia, al comienzo de la madurez. Es como asistir a las investigaciones de un detective que quiere ir al fondo de un «caso» apasionante; y todo ello presentado con la gracia poética y la fuerza narrativa de un gran escritor. Nota del editor.

Ediciones

Edición Editorial Páginas ISBN Observaciones
2008 Encuentro
192
978-84-9055-129-5

Original de1955.

2016 Ediciones Encuentro
212
978-84-9055-129
Valoración CDL
3
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3.2
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Cautivado por la Alegría es la historia de una conversión, fundamentalmente de tipo intelectual. En ella C.S.Lewis (1898-1963) proporciona al lector algunas briznas de información personal, las menos posibles. No es por tanto una biografía en sentido estricto, sino una especie de Confesiones, una autobiografía intelectual. De los quince capítulos con los que cuenta el volumen sólo los dos últimos se refieren a la conversión del autor al cristianismo -no al catolicismo, que nunca profesó- y en los trece primeros relata la evolución de su pensamiento desde la infancia. Lo anterior significa que el libro no es todo lo fácil de leer, ni lo ameno que desearíamos.

Lewis había perdido a su madre en la infancia y de su padre dirá que era un ser atormentado, sujeto a oscilaciones en el estado de ánimo y poca capacidad para ser feliz. El autor no oculta las diferencias que existían entre él y su progenitor, que hacían imposible cualquier diálogo o discusión entre ellos. Nada tiene de extraño que en esas circunstancias el niño se evadiese a través de la contemplación de la naturaleza, con la lectura y en la construcción de mundos imaginarios partiendo de las leyendas nórdicas o islandesas, de la mitología griega y finalmente de la Magia.

Los mundos imaginarios terminaron por expulsar en el ánimo de Lewis la mismísima fe cristiana. Narra que cuando recibió la primera Comunión y la Confirmación -en la Iglesia Anglicana- ya no tenía Fe, pero no quiso manifestarlo porque sabía que su padre no iba a aceptarlo. El joven daba mucha importancia en cambio a la Alegria, de forma que la escribía con mayúscula y la convertiría en algo así como el motor de su búsqueda. En su juventud frecuentó varias escuelas inglesas y es crítico con ellas, aunque admite que tuvo suerte con los profesores. De cada uno de ellos explica cómo pudo ayudarle para afinar en su pensamiento.

El autor relata la aparición en su vida de los amigos, como quien piensa que es único en su especie y descubre que hay otros como él. Todos ellos eran jóvenes interesados en el aspecto intelectual de la vida. Antes de llegar a Oxford, Lewis ya había estudiado y leído a los clásicos griegos y latinos, de forma que en la Universidad obtuvo las mejores notas. Su mente no descansa; asiste a cursos de filosofía, abandona el realismo y abraza el idealismo. Durante la Gran Guerra europea había aprovechado para leer a Bergson -que le habló de un Espíritu necesario-, pero también a Hegel, por lo que se consideraba un hegeliano sui generis.

Después de la Guerra vuelve a Oxford donde conoce a J.R.R.Tolkien. Este le hace desistir de lo que el autor llama el principio cronológico: Lo más moderno no es necesariamente lo más verdadero. Llega un momento en el que nuestro hombre considera que los autores anticristianos son pesados y tópicos -cita a Voltaire, a Bernard Shaw o a H.G.Wells-, en tanto que a los que se muestran cristianos -se refiere sobre todo a Chesterton- los ve originales y sugerentes. "La zorra -bromea refiriéndose a sí mismo- había sido expulsada del bosque hegeliano y corría por campo abierto sucia y cansada" (pág.178).

Relata como un día, en un autobús, sintió como si se sintiera aprisionado por una coraza y que podía elegir entre conservarla o librarse de ella; entre ser creyente o no serlo. "Mi adversario -escribe- se limitó a decir: "Yo soy el Señor", "Soy el que Es", "Yo soy" " (pág.180) "Debes imaginarme solo, en aquella habitación del Magdalen, sintiendo el acercamiento continuo, inexorable, de Aquel con quien encarecidamente no deseaba encontrarme. Hacia la festividad de la Trinidad de 1929 cedí, admití que Dios era Dios y, de rodillas recé; quizá fuera aquella noche el converso más desalentado y remiso de toda Inglaterra" (pág.181).

Poco a poco se fue completando su Fe. "Sé muy bien cuando di el último paso. Me llevaban a Whipsnade una mañana soleada. Cuando salimos no creía que Jesucristo fuera el Hijo de Dios y cuando llegamos al zoológico sí" (pag.188). "Aunque me gustaran los sacerdotes tanto como pudieran gustarme los osos, tenía tan pocos deseos de estar en la iglesia como en el zoológico" (pág.186). Aún así, ya hacía tiempo que Lewis había comenzado a frecuentar su parroquia los domingos y los demás días la capilla de la Facultad (pág.185). Un buen comienzo, sin duda.