«En este libro hay una buena parte de mi vida hecha, deshecha, reconstruida, como un gran puzzle. Irremediablemente faltan piezas, fragmentos. Hay espacios vacíos. Estoy segura de que alguno de ellos encierra en su oquedad un recuerdo intolerable que he tachado sin saberlo, que no merece el precio del recuerdo.
Al final del viaje, cerca del puerto definitivo que se adivina entre la niebla, la memoria trabaja. El recuerdo reconstruye lo que fue real, adivina lo que aparece sumido en la oscuridad. Nos devuelve, en secuencias brillantes o brumosas, la vida recobrada.
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Josefina Rodríguez -luego
Josefina Rodríguez -luego Josefina Aldecoa- nació en 1926 en La Robla (León), cerca de las cuencas mineras. Hija de una maestra y un viajante, esta circunstancia hizo posible la movilidad de la familia, primero a León capital y luego a Madrid. Aldecoa describe a su generación -se refiere a su generación literaria- como "niños en la guerra, adolescentes en postguerra y profesionales a comienzos de los cincuenta" (pág.82). Obviamente muchos españoles y españolas vivieron los mismos años en circunstancias diversas: unos exiliados como consecuencia de la guerra civil y otros agradecidos a los vencedores y en especial a Franco, el Generalísimo y Jefe del Estado.
La niña tenía cinco años cuando se proclamó la República -la II República española- y afirma que fue "alegre" y que "hacía vibrar a cuantos me rodeaban" (pág.28). En realidad el régimen republicano tropezó con dificultades desde el principio, aunque luego se haya mitificado. Fue muy breve -de 1931 a 1934- y el resto fue guerra civil. En 1936 se produjo el alzamiento militar, y en León los sublevados fusilaron al profesor de preparatoria de Josefina acusado de "tratar de politizar a sus alumnos" (pág.26). A decir de la autora, se trataba de un joven próximo a las iniciativas pedagógicas de la Institución Libre de Enseñanza y esta circunstancia, junto al izquierdismo familiar, la marcaron.
Si para ella la República había sido alegre, es lógico que considere la dictadura de postguerra como "gris y angustiosa" (pág.27), caracterizada por "la penuria material, psicológica, moral y cultural" (pág.66). La familia se había trasladado a Madrid para que los hijos pudieran hacer estudios universitarios y en la capital la autora cursó los estudios de Pedagogía. Tanto ella como Tasio, su hermano varón, aspiraban a unos horizontes más amplios y democráticos, ella viajó a Londres y Tasio se estableció en París y luego en Wasington.
De vuelta en España, Josefina contrajo matrimonio en 1952 con el escritor Ignacio Aldecoa y en 1954 tuvieron a su hija Susana. Casi al final del libro, hablando sobre la condición de la mujer, la autora afirma que es "víctima de la maternidad y de su entrega al mundo de los sentimientos" (pág.197). Esa idea de la maternidad como una limitación se ha mantenido hasta hoy y ha dado lugar al invierno demográfico. Aún asi -escribe la autora- eran "razonablemente felices porque éramos jóvenes, teníamos una hija maravillosa, muchos amigos, libros publicados, películas y veranos en Ibiza, la isla libre" (pág.124). Mucha gente hubiera deseado algo parecido.
"Imaginábamos -dirá- una vida pletórica de viajes para luego retirarnos a un lugar donde se pudiese vivir y escribir, leer y charlar, nadar, tomar el sol y contemplar los ocasos desde la terraza con la primera copa de la tarde en la mano" (pág.153); una perspectiva materialista y burguesa que luego se ha hecho extensiva a todo el que ha podido permitírsela. Por desgracia, en 1969 Ignacio Aldecoa falleció repentinamente con cuarenta y cuatro años y diez y siete de casado. Los sueños de futuro para Josefina se evaporaron.
Seamos justos, la autora tenía vocación docente heredada de su madre y su abuela y en 1959 había fundado el Colegio Estilo, que regentó junto con su hermana menor Gava. La autora habla de educación no de enseñanza, y son conceptos distintos: educación es sacar lo mejor de una persona (del latín educere: extraer), en tanto que enseñanza es acumular conocimientos en el alumno con la esperanza de que algún día le sean útiles. Josefina describe sus ideas pedagógicas, tan excelentes como utópicas (págs.120-122).
El 20 de diciembre de 1975 murió Franco y "hubo brindis con champán, llantos y canciones" (pág.170). Todo muy tópico y muy real entre las gentes de izquierdas. La autora alaba el espíritu de concordia que se impuso en el país, pero lamenta el silencio que se hizo acerca de los últimos cincuenta años: "El olvido -escribe- nunca es una solución a un capítulo de la historia por negativo que éste haya sido". Para ella hubiera sido necesario "un análisis frío y objetivo de las causas de la derrota de la República, de la guerra civil y de la dictadura que sufrimos durante cuarenta años" (pág.210). Es el punto de vista de una mujer sincera, una fotografía veraz aunque unilateral de una generación.
He afirmado que aquella generación fue semilla de lo que vivimos hoy. Al final del libro, la autora afirma que "el existencialismo [ha sido] la tendencia más cercana a mi sentido de la vida" (pág.232). También esto, un existencialismo agnóstico cuando no ateo, ha llegado hasta nuestros días.
Al cumplirse el centenario de
Al cumplirse el centenario de su nacimiento, este relato autobiográfico permite conocer muchos detalles de la vida de la escritora y entender sus grandes pasiones: la pedagogía (fundó la Escuela Estilo en 1959 y la dirigió hasta su jubilación) y la literatura, siempre muy unida a su marido Ignacio Aldecoa, cuyo repentino fallecimiento en 1969, supuso un gran trauma que la alejó durante diez años de la creación literaria. Además, aporta abundante información del grupo de escritores que algunos han llamado "los niños de la guerra" (Aldecoa, Sánchez Ferlosio, Martín Gaite, Mature, Fernández-Santos, Alsonso Sastre...). Luis Ramoneda
A sus 78 años, la escritora leonesa Josefina Aldecoa ha decidido abrir el baúl de los recuerdos y bucear en su pasado. Una mirada literaria que ha plasmado en un libro "doloroso de escribir" y por donde pasa su infancia feliz, la guerra, sus compañeros de generación y su carrera como docente. 'En la distancia' es "un libro de memorias, una autobiografía repleta de nostalgias; pero lo que no es, desde luego, es un documento con fechas y cronología.
Tiene un orden interior, una reflexión sobre mi vida centrada en personas y momentos claves, con sus luces y sus sombras".
Un friso en el que esta mujer, viuda del escritor Ignacio Aldecoa y compañera de generación literaria y amiga de Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Alfonso Sastre y Luis Martín Santos, además de fundadora del colegio Estilo, en 1959, basado en el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza, recoge una parte importante de una etapa de la vida y sentir de toda una generación en España.
Aldecoa ya puso el espejo retrovisor en 'Historia de una maestra', 'Mujeres de negro' y 'La fuerza del destino', donde recogía experiencias como la retirada de crucifijos en las escuelas y otras anécdotas.
Aquí, por 'En la distancia' pasa la Guerra Civil y sus consecuencias, como cuando su "querido" profesor de la Escuela Preparatoria fue fusilado: "Ahí comprendí que la política tenía que ver con la cultura y que, en determinadas circunstancias, la cultura es peligrosa. Aunque, con toda seguridad, era la mejor de las políticas", reconoce la autora.
Cuando terminó la guerra, "una época gris bajo la amenaza de la represión política, la censura cultural y la autocensura", la escritora y su familia se trasladan a Madrid, donde Josefina estudia Filosofía y Letras y se especializa en lo que, junto con la literatura, será su gran pasión, la pedagogía.
Pero esta mujer, que ha sido pionera y arriesgada en tantas cosas, en los años cincuenta se marcha a Londres: "Viajar es fundamental, es abrir puertas, y en aquella época era un logro y yo quería saber cómo vivía la Europa libre".
Aires nuevos con los que Aldecoa volvió un año después a un país "adormilado", aunque, sin embargo, años fundamentales y "mágicos", ya que conoció al que sería el amor de su vida, Ignacio Aldecoa, autor de 'Gran Sol' y 'Con el viento solano'. Una relación que la marcaría totalmente: "Ignacio no me enseñó a escribir sino a vivir", dice. Se casaron en 1952, y se conocieron en el Café Gijón, cuando a Josefina se lo presentaron Sánchez Ferlosio y Alfonso Sastre. Un matrimonio que se terminó con la muerte de Ingnacio Aldecoa, en 1969, víctima de un infarto.
Los Aldecoa viajaron mucho, cuenta en el libro, y pasaron un año en Nueva York, "el mejor de mi vida", recuerda la autora. Tuvieron una hija y vivieron la vida literaria a tope con sus compañeros, a los que después se les conocería como "la generación del medio siglo".
Una generación compuesta por los Aldecoa, Sánchez Ferlosio, Martín Gaite, Alfonso Sastre, Luis Martín Santos, entre otros, que también fue llamada despectivamente 'la generación de la berza': "Salíamos de una época de represión y de tonos grises y a las generaciones hay que entenderlas en su contexto. Éramos realistas porque en aquel momento tenía que ser así. Después los jóvenes ya fueron más intimistas, pero en aquel momento hablábamos de la caída de un albañil del andamio o de las dificultad o sordidez de ser niño", sostiene la autora.
Todo ello y muchas más cosas, como su lecturas, y páginas políticas y sociales aparecen en este libro que condensa la época de una testigo privilegiada, que hoy sigue alternando la literatura con la educación, desde el colegio Estilo, y su amor por los jóvenes.
"Me gusta la juventud; su rebeldía y su inconformismo", admite esta mujer que asegura que escribe, como ya dijera el Nobel Gabriel García Márquez, "para que me quieran un poquito más", y que se declara "una rebelde con causa"
(elmundolibro.elmundo.es)