El profesor Puente Ojea se convirtió en embajador de España ante la Santa Sede siendo, a la vez, el ateo oficial de España. Menos mal que tuvo la fortuna de que fuera el propio Joseph Ratzinger, entonces prefecto del Dicasterio de Doctrina de la Fe, quien le llamó y dedicó un largo rato a explicarle lo que era la Iglesia puesto que Felipe González le había enviado allí como Embajador.
Hace unos años coincidí en el programa de Antena-3 con Susana Griso, con motivo de la renuncia de Benedicto XVI, con el ilustre embajador y me contó que se había especializado en los orígenes históricos del cristianismo, pues le parecía un tema del que se había investigado verdaderamente poco y él le había dedicado muchas horas a estudiar.
Ahora deseo referirme a Antonio Piñero, catedrático de Griego de la Universidad Complutense de Madrid que también decidió dedicarse a estudiar ese tema, puesto que el griego en sí resultaba poco atractivo y los primeros cristianos hablaban griego así como los primeros textos cristianos estaban también en esa lengua.
El profesor Piñero abordará en el trabajo que ahora deseamos comentar, su tesis preferida y es que tanto los evangelios apócrifos, en realidad no lo eran, sino que eran los verdaderos y fueron preteridos en beneficio de los que la Iglesia denomina canónicos. Es decir, que no cree en el Magisterio de la Iglesia que movido por el Espíritu Santo estableció los cánones de la Escritura y los Padres de la Iglesia que debían ser conservados.
Siguiendo la tesis de los modernistas hace casi ya dos siglos, la Iglesia sería un invento de la primitiva comunidad cristiana, quienes muerto Jesús habrían construido no una Iglesias sino varias Iglesias que entrarían en pugna hasta que en el siglo III terminarían por confluir en lo que llamamos la Iglesia cristiana primitiva.
Es decir, el profesor Piñero les concede a esas otras Iglesias la misma categoría y validez, puesto que al no creer en el origen sobrenatural de la Iglesia y en la guía insuperable del Espíritu Santo, podría haberse impuesto otra.
Es interesante que los primeros cristianos creyeron en la resurrección de Jesucristo y se fortalecieron con la venida del Espíritu Santo y llevaron la tradición oral y escrita hasta el último rincón del imperio con una fidelidad pasmosa.
Al profesor Piñero le vendría bien leer a Rodney Stark y su obra “La expansión del cristianismo” en ediciones Trotta para ver las fuentes mejores y el tratamiento de las mismas, en vez de entretenerse en fuentes secundarias y separarse del sentir de los padres de la Iglesia, en especial de San Agustín que ya ha estudiado esta cuestión con gran detalle.
José Carlos Martín de la Hoz
Antonio Piñero-Javier Alonso, Cómo nació el cristianismo. La verdadera historia de sus orígenes, de Jesús a la creación de la Iglesia, Shackleton books, Barcelona 2025,