Bailando con el tiempo

 

El autor de este trabajo, el jesuita José María Rodríguez Olaizola (Oviedo, 1970), redacta este trabajo al rebufo de su célebre trabajo “bailando con la soledad”, un “best seller espiritual” (19 ediciones en muy pocos años) y sobre todo un estilo renovado de libros de espiritualidad.

En realidad, hay más consejos psicológicos que espirituales, o hay más mentalidad profesional de un buen psicólogo que los habituales consejos de un director espiritual acerca de los problemas normales de la vida. Por ejemplo; el miedo al fracaso se resuelve hablando con el “yo juvenil y diciéndole: tampoco era para tanto “(32). Es verdad que la gente tiene la autoestima muy baja, especialmente las mujeres, por tanto, una buena dosis de optimismo y de confianza en Dios y en los demás ayudará a manejarse en la selva de la gran ciudad.

Por otra parte, el aire de la ciudad hace libre al hombre, comentan en Alemania, por tanto, bailando con Dios y con el tiempo, podremos encontrar toda la seguridad que necesitemos y, además, está el sacerdote, los padres y los amigos de confianza. Es lógico que para llegar a esa relación con una “persona de referencia”, tendremos que pasar por el fracaso de una amistad fallida o que no llegó a madurar, pero eso es una riqueza (41). Es urgente que la fe madure en la relación personal con Jesucristo (169).

Son de un gran interés las páginas donde el autor resume su libro “bailando con la soledad”, pues en ellas hace un breve resumen del “best seller” de este autor: aprender a bailar con la soledad es aprender a amar a Dios, a los demás, e incluso aprender a amar en el enamoramiento y en el amor conyugal (45 a 47). Es interesante que se quede en el plano psicológico y desde él aborde las grandes cuestiones, por ejemplo, la cuestión de la ilusión: “los grandes deseos no se apagan” (151).

Verdaderamente, el libro entra en materia con el paradigma de “Peter Pan”, es decir “el joven egocéntrico que no quiere crecer” (50). Para Rodríguez Olaizola de lo que se trata es de aprender a madurar bailando con el tiempo y con la vida. Es decir, la disyuntiva consiste en escoger entre la eterna juventud irresponsable o la madurez fecunda (51). Es importante nos dirá con quien bailas, pues la relación madura (128).

“Hacerse adulto es aprender a bailar con el tiempo. Y bailar con el tiempo es no caer en la inmediatez del presentismo ni la prisión del pasado ni la evasión del futuro. Bailar con el tiempo es conquistar la propia vida como historia” (69).

Inmediatamente añadirá con gran sabiduría: “hay que dejarse sorprender”, pues indudablemente, lo queramos o no, la vida nos va a sorprender (99). Precisamente, esas sorpresas o golpes de la vida ayudan mucho a madurar sin dejar de aportar a la vida cierta chispa a ese diálogo con el mundo desde la fe (103). En esa línea animará a gestionar la “diversidad y el conflicto” (109): “aprender a relajarse (120).

José Carlos Martín de la Hoz

José María Rodríguez Olaizola, Bailar con el tiempo, Salterrae, Santander 2023, 182 pp.