Comunión eclesial

 

Entre las muchas y variadas cuestiones abordadas por el profesor Juan María Laboa, catedrático de Historia de la Iglesia, de la Universidad Pontificia de Comillas, en su reciente trabajo sobre la interpretación integrista, fundamentalista e intolerante de la historia de la Iglesia especialmente en España en los siglos XIX y XX, merece la pena detenerse en una asunto de gran actualidad: las amenazas a la comunión eclesial.

En efecto, uno de los descubrimienmtos más importantes del Concilio Vaticano II, el concilio más eclesiológico de la historia de la Iglesia, es precisamente la importancia del espíritu de comunión   dentro de la Iglesia, pues de hecho, el paradigma marcado desde entonces, era nada menos, que el ejemplo de la comunión intratrinitaria.

Precisamente, el primer peligro para la comunión eclesial, según el profesor Laboa, procedería de la intolerancia que actuaría como disolvente dentro de la comunión intraeclesial, es decir, la: “intolerancia, el convencimiento de que posee la verdad en una única traducción posible; la identificación de una espiritualidad concreta o de una forma peculiar de entender el cristianismo con la totalidad de la experiencia cristiana; el juicio de la realidad desde la visión cristiana como la única posible, han llevadio a constantes marginaciones y persecuciones intraeclesiásticas (…). La Iglesia puede convertirse en estas circunstancias en una sociedad monolítica e incómoda en lugar de ser el espacio de comunión fraterna y gozosa” (267).

En realidad, tenemos serias dudas de que alguna vez haya sucedido eso, puesto que la Iglesia está formada por familias, que son tan variadas y tan vivas, dotadas todas ellas de tradiciones distintas e inmersas en multitud de culturas, razas y lenguas. Además el Espíritu Santo nunca permitiría esto, puesto que la unidad es útil y necesaria, pero la uniformidad ni es útil ni es necesaria.

Inmediatamente, aduce Laboa una relación amplia y variada de personajes históricos variopintos cuyas obras fueron estudiadas por la Iglesia y, en la mayoria de los casos, las ideas que profesaban fueron aprobadas y valoradas positivamente, como realmente acordes con la autentica verdad revelada y, asimismo, separadas cuidadosamente de otras ideas que, por estar todavía poco maduras, semielaboradas o necesitadas de profundización o matización no fueron aceptadas por el magisterio de la Iglesia: “no se trata obviamente, de impedir a la Iglesia su derecho a defender la integridad del mensaje, sino de interrogarse sobre el peligro de defenderlo con una de las opciones posibles” (268).

Seguidamente, añade: “también habría que mencionar la intolerancia del progresista, esta mentalidad se ha manifestado a menudo elitista, ilustrada, intolerante con la religiosidad popular, desproporcionadamente exigente” (…). no podrá la Iglesia predicar en el mundo si antes no consigue en su mismo seno constituirse en un autentico ámbito de comunión” (269)

Páginas más adelante, vuelve Laboa sobre la cuestión a propósito de la persecución del famoso y controvertido Rosmini en los ámbitos teológicos romanos a finales del XIX y señala: “Aquí estoy tocando una tecla delicada de nuestra historia. La del ‘influjo-furor uterino’ de unas congregaciones-órdenes-prelaturas en la intolerancia eclesiástica. Las grandes persecuciones no han venido generalmente dsde las grandes alturas jerárquicas, a modo de cascada, sino de cuerpos intermedios, a modo de vasos comunicantes” (280). no sabemos que quería decir con “uterinos”, aunque podemos pensar en ideas en en la incubadora, pero lo que no terminamos de captar es lo de “prelatura”. En cualquier caso anotemos la idea final: “en el largo conflicto de mentalidades y de ideas que han dividido a los católicos a lo largo del último siglo no siempre los motivos determinantes han sido elementos doctrinales y dogmáticos, sino más bien culturales y psicológicos, de orgullo y de oportunidad” (262)..

José Carlos Martín de la Hoz

Juan María Laboa, Integrismo e intolerancia en la Iglesia, ediciones PPC, Madrid 2019, 301 pp.