El genio femenino

 

A lo largo del siglo XX se ha ido estudiando, cada vez con mayor detalle, el grado y la intensidad de la aportación de la mujer, entendida como género humano, en el desarrollo y en la implantación de la cultura y de la civilización occidental y, por tanto, su aportación específica tanto en el desarrollo y aplicación de la democracia, como, en general, del progreso humano.

En esa dirección, se parte de las aportaciones más claras de la mujer a lo largo de la historia, sobre todo en momentos clave, y en su conjunto se ha venido resumiendo, en gran parte, con el concepto de “genio femenino”, como afirman algunos autores, entre otros san Juan Pablo II, y que podría explicarse como si se tratara de sacar lo mejor de sí mismas.

Precisamente, san Josemaría Escrivá de Balaguer, uno de los pioneros en utilizar y caracterizar ese concepto del genio femenino, lo resumía de modo muy gráfico en una larga y completa entrevista concedida en 1967, a la entonces directora de la conocida Revista femenina española Telva: “La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que sólo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad... La feminidad no es auténtica si no advierte la hermosura de esa aportación insustituible, y no la incorpora a la propia vida” (87).

En estos días se ha reeditado un breve, pero muy interesante trabajo del escritor y poeta italiano Erri de Luca (1950), quien de manera atrevida y utilizando únicamente personajes de la Sagrada Escritura, ha sabido expresar el reflejo del genio femenino en los libros divinamente revelados.

En efecto, a través de varios ejemplos fuertes tomados de la Teología bíblica en donde aparecen claramente actuaciones de mujeres audaces que, posteriormente, tuvieron su indudable repercusión, con la gracia de Dios, en la historia de la salvación del pueblo judío y, de ese modo, de alguna manera colaboraron activamente con el Espíritu Santo y el nacimiento de la Iglesia.

Lógicamente, la figura clave y prototipo de mujer en la historia de la salvación es María Santísima, quien con su fiat convirtió en la Madre de Dios y Madre nuestra y, como ha recordado el papa Francisco, al elevarlo a fiesta, es la Madre de la Iglesia.

Asimismo, nuestro autor con un estilo bastante poético y muy novelado y, en cierto modo casi extremo, ha dado la palabra a Santa Ana, a la propia María y a San José para resaltar la audacia y la entrega generosa de la Virgen al decir que sí y convertirse en persona clave de la historia de la salvación. De hecho, ha sido denominada por los teólogos como la medianera de todas las gracias sobre cada uno de los cristianos, pues ella es la Madre de Dios, madre nuestra y Madre de la Iglesia (59-77).

José Carlos Martín de la Hoz

Erri de Luca, Las santas del escándalo, ediciones Sígueme, Salamanca 2019, segunda edición, 93 pp.