Desde el comienzo de la Iglesia, los cristianos buscaron
santificar todos los ámbitos de la vida humana. Conscientes de poseer el mundo
por heredad, se esforzaron en conocerlo y amarlo. A los afanes filosóficos,
políticos, culturales sumaron los científicos. Precisamente porque se sabían
creados por Dios, desearon conocer tanto al Creador como  su obra.


            Es
un hecho sobradamente conocido, como la Iglesia rompió el determinismo griego y
se esforzó en vivir una fe razonada. En el concepto cristiano, el hombre no
estaba sometido a la naturaleza, sino que debía someterla. Ya el libro del
Génesis señalaba que Dios entregó el mundo al hombre.


            En
los escritos de los Padres de la Iglesia, donde muchas veces se compendiaban
los conocimientos de la época en la que vivían, se animaba a los cristianos a
descubrir el orden que reinaba en el universo, prueba de la existencia de Dios,
así como se reseñaba la obligación de investigar la obra creada por Dios para
conocer las leyes, por las que se gobierna.


            Posteriormente,
los grandes monasterios reunieron y salvaron la cultura y la ciencia copiando y
conservando los grandes textos anteriores a ellos. Así el desarrollo de la
ciencia y de la técnica son dos constantes de la naciente cultura occidental,
que empezó un lento despegue.


            El
caso de Galileo (1564-1642) supuso una quiebra y una  crisis de crecimiento. Como recordaba Juan
Pablo II: "El error de los teólogos de
entonces, cuando sostenían que el centro era la tierra, consistió en pensar que
nuestro conocimiento de la estructura del mundo físico, en cierta manera, venía
impuesto por el sentido literal de
la
Sagrada Escritura.

(…). En realidad, la Escritura no se ocupa de detalles del mundo físico, cuyo
conocimiento está confiado a la experiencia y los razonamientos humanos.
Existen dos campos del saber: el que tiene su fuente en la Revelación y el que
la razón puede descubrir con sus solas fuerzas. A este último pertenecen las
ciencias experimentales y la filosofía. (…). La metodología propia de cada uno
permite poner de manifiesto aspectos diversos de la realidad
". (Discurso de
Juan Pablo II a la Academia
Pontificia de las Ciencias, 31.X.1992, n.12)


            En
muchas de las supuestas incompatibilidades entre ciencia y fe, que se han dado
a lo largo de la historia, había bastante desconocimiento de lo que era la fe o
de lo que era
la ciencia.  Como es patente en la reciente bibliografía sobre la cuestión.


            Así
pues, en el estado actual de la cuestión, de mayor serenidad, conviene recordar
que la fe no paraliza el progreso científico, sino que la anima a ir a más, a
no detenerse ante los problemas. Por otra parte el trabajo científico requiere
unas grandes dosis de paciencia y de constantes esfuerzos.


 


José Carlos Martín de la Hoz


 


Para leer más:


 


Kragh, H. (2007) Introducción
a la historia de la ciencia
, Barcelona, Crítica


http://www.clubdellector.com/fichalibro.php?idlibro=6723


Suarez, L. (2003) Cristianismo y
europeidad
, Pamplona, Eunsa


http://www.clubdellector.com/fichalibro.php?idlibro=1438