Jesús en el Templo

 

Hemos celebrado recientemente una fiesta entrañable: la “Presentación de Jesús en el Templo” y tenemos una cierta imagen, que nos hemos hecho por representaciones que podemos encontrar en nuestras iglesias, pero también en algún libro o en Internet, si hacemos alguna búsqueda al respecto.  En esa idea que tenemos están siempre José y María con el Niño en brazos. También está presente, en esa imaginería, el cuarto protagonista, el anciano Simeón, que esperaba este momento como una luz de Dios. Menos aparece en la iconografía la profetisa Ana.

Los expertos opinan que lo más normal es que María tuviera unos 15 o 16 años, porque era lo más normal en esa sociedad: que las chicas se casaran pronto y así tener muchos hijos. María estaba prometida a José, pero todavía no “casados”, cuando llega el Ángel Gabriel. Esto nos hace pensar en una niña, jovencita, con su bebé recién nacido en sus brazos, que llega con José a aquel magnífico templo de Jerusalén.

Pero no iban a un lugar más o menos cercano para cumplir una obligación, están en la casa del Padre. Jesús está “en su casa”. Esto nos hace pensar en aquel otro momento de gran importancia en la vida del Señor: a los 12 años se queda en Jerusalén cuando sus padres, sin saberlo, se vuelven a Nazaret. Jesús no se ha perdido, está en la casa de su Padre, tan a gusto que no es consciente del gran disgusto que se llevarán sus padres al no encontrarlo en la caravana de regreso.

No deja de suponer un cierto misterio el hecho de que no fuera consciente del daño que les hacía en aquel momento, a pesar del gran amor que tenía por José y por María. En el Templo está inmerso en la presencia de su Padre. Allí está hablando con los escribas y los sacerdotes, que están perplejos ante su sabiduría. No es fácil imaginar el gozo que experimentó Jesús, verdadero Dios y verdadero “niño”, al encontrarse por primera vez en su vida humana, después de esos años sin venir nunca a Jerusalén, en la presencia de su Padre Dios. “¿No sabíais que debo estar en las cosas de mi Padre?” Es la respuesta cuando al fin le encuentran.

Esto nos hace pensar en cómo estamos nosotros en la iglesia. Jesús está sumido en la presencia del Padre, en la gloria… Nosotros, cuando entramos en la parroquia que nos corresponde o en la iglesia más cercana, somos conscientes de estar en un lugar sagrado, pero quizá no valoramos la realidad de que allí está Dios de un modo más pleno que en cualquier otro lugar.

Por eso hay una actitud, una forma de estar. Se valora el silencio, que facilita el recogimiento. Nos llena la seguridad de que, en un lugar consagrado solemnemente para ser la casa de Dios, verdaderamente nos encontramos con Dios, Uno y Trino. Y sabemos que en el sagrario está Jesús bajo las especies de pan, para ser nuestro alimento, y para que podamos acompañarle con nuestra oración.

Hay un convencimiento, una fe multisecular, que lleva a una actitud de adoración que nunca tendremos en otras circunstancias. Además, suele haber lugares especialmente previstos para facilitar la adoración y el recogimiento. Es algo distinto, un modo de hacer, de comportarse, de moverse. Hay muchos que prefieren dejar fuera el teléfono, para que no distraiga, o al menos dejarlo silenciado. El móvil se utiliza con mucha frecuencia como biblioteca y como bloc de notas, de manera que no sorprenderá ver a alguien muy afanado con el aparato. Pero siempre con ese respeto y silencio que nos lleva a Dios.

Ángel Cabrero Ugarte