La interpretación del Concilio

 

Ya desde los comienzos de la historia de la Iglesia, los historiadores han descubierto y resaltado que, tan importante como la celebración de un Concilio Ecuménico, es el desarrollo y recepción del mismo, así como la aplicación e interpretación de la misma asamblea conciliar.

En esa dirección, en el desarrollo del extraordinario trabajo del profesor Alberto Torresani, docente en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz de Roma, dedicado a la historia del ejercicio del ministerio petrino a lo largo del siglo XX, el llamado “novecento”, hay una particular atención a un acontecimiento de tanta importancia, trascendencia y de cuya riqueza todavía seguimos viviendo.

En primer lugar, el propio Torresani recoge un cáustico comentario realizado por algunos de los más disolventes teólogos del siglo XX, cuando al terminar el concilio y viendo que no había podido imponer sus falsas tesis y absurdos teológicos, comenzaron por denostar las Actas y documentos conciliares para realizar una llana a un nuevo concilio: “augurándose que se reuniera presto el Concilio vaticano III, para completar la inacabada reforma. Al menos así lo auspiciaba la revista “Concilium” que entonces reunía a los teólogos más avanzados, antes de la fundación de la revista “Communio”, llegada en el 1972, que será dedicada a la teología, pero en el sentido de unir en una Iglesia a todos” (183).

Enseguida, se referirá Torresani a la teoría de algunos historiadores de la época del propio concilio que, en pleno debate doctrinal, ya sostenían que el fondo ideológico de algunos teólogos del concilio era claramente rupturista. Es decir, hablaban como si hubiera un abismo insalvable con la teología anterior, con la tradición precedente, una refundación de la Iglesia en una época que no reconocía continuidad alguna con la etapa que le había precedido: “es la teoría de la discontinuidad que exigía la convocatoria de los estados generales de la Iglesia para liberarla del peso de una tradición obsoleta y voluminosa” (188).

Esta teoría parecía imponerse en el mundo entero, no por la fuerza de la verdad, sino a base de que llegara antes el llamado “espíritu del concilio” que los verdaderos documentos conciliares; los Decretos y Constituciones dogmáticas, debidamente editados, traducidos y corregidos por el magisterio verdadero de la Iglesia y los obispos diocesanos.

En el 2005, el santo Padre reinante, Benedicto XVI se reunió con el clero romano, en una conversación con motivo de la navidad de ese año y donde quiso abrirles su alma de pastor: “la hermenéutica correcta para valorar el concilio vaticano II era la de la continuidad, o sea el vaticano II era el XXI Concilio ecuménico de la Iglesia y sus documentos representan una enseñanza autentica para aplicar sin regresión al pasado como querían los secuaces de Lefevre y sin huidas hacia adelante como querían los innovadores, decididos a realizar una fractura con el pasado sosteniendo que la Iglesia debería haberse alineado con las posiciones de Lutero y de la reforma del XVI” (250).

José Carlos Martín de la Hoz

Alberto Torresani, Storia dei papi del novecento. Da Leone XIII a Papa Francesco, ed. Ares, Milano 2019, 301 pp.